New York, la discoteca que guarda la salsa de Popayán

En Pueblillo, un sector tradicional de Popayán, la música todavía entra por el oído y se queda en la memoria. Allí funciona la Discoteca New York, un lugar que varios registros periodísticos y culturales han denominado como una de las discotecas de salsa más antiguas de Colombia. Su historia se remonta a la década de 1950 y está unida al nombre de Luz Carrera de Ordóñez, una mujer que convirtió un espacio familiar en punto de encuentro para generaciones de bailadores.
Esta historia también permite mirar al Cauca desde otra orilla. Popayán y el departamento suelen aparecer en la agenda pública por hechos de violencia, crisis institucionales o dificultades sociales. Sin desconocer esas realidades, la New York recuerda que el territorio también tiene memoria cultural, vida de barrio, música, patrimonio popular y personajes que han sostenido tradiciones durante décadas.
Antes de llamarse New York, el sitio era conocido por muchos rumberos como “La Casa de Doña Luz”. La frase quedó asociada a noches de baile, encuentros familiares, música caribeña y una forma sencilla de celebrar la vida. En esos años, Pueblillo todavía era visto por muchos como una zona lejana de la ciudad. Con el paso del tiempo, aquel espacio doméstico se transformó en una pista de baile que terminó marcando parte de la vida nocturna de Popayán.

El nombre New York llegó después. Según relatos recogidos en publicaciones periodísticas, la relación de la familia con esa ciudad estadounidense influyó en la identidad del lugar. Desde allí llegaban discos, objetos, ropa y recuerdos que fueron alimentando el universo visual y musical de la discoteca. Una referencia publicada por El Espectador cuenta que un objeto con la inscripción “New York” terminó inspirando el nombre que hoy identifica este templo salsero de Pueblillo.
Detrás de esa permanencia aparece Gerardo Ovidio Ordóñez Carrera, hijo de Doña Luz. En 1983, después del terremoto que marcó la historia moderna de Popayán, Ovidio asumió la dirección del negocio familiar y le dio forma al lugar que muchos recuerdan hoy: una discoteca cargada de luces, colores, vinilos, objetos antiguos, prendas, maniquíes, zapatos, juguetes y piezas que parecen hablar desde las paredes.
Ovidio no ha sido únicamente administrador de una discoteca. Su vida quedó unida a la música. Con los años se convirtió en melómano, coleccionista y referente para quienes entienden la salsa como una forma de memoria. Boogaloo, bolero antillano, son, música caribeña y salsa de los años setenta y ochenta hacen parte de un repertorio que se conserva en acetatos, lejos de la velocidad de las listas digitales.
La colección de discos es uno de los mayores patrimonios del lugar. Algunas referencias hablan de más de 6.000 vinilos, mientras El Espectador registró que Ovidio Ordóñez mencionaba una colección cercana a los 10.000 LP. Más allá de la cifra exacta, el valor está en la permanencia de una práctica: seleccionar música, poner el disco, dejar caer la aguja y entregar la pista al bailador.
En la New York, la música conserva un rito. No suena como fondo. Ordena la noche. Convoca a quienes llegan por el son, la clave, el bolero, la salsa y esa forma de alegría que se aprende mirando bailar a otros. Allí, cada disco tiene una historia y cada canción parece guardar una parte de Popayán que no siempre aparece en los relatos oficiales de la ciudad blanca.
El lugar también funciona como archivo popular. Su decoración reúne objetos cotidianos que, vistos en conjunto, cuentan varias décadas de vida familiar, barrial y salsera. Camisas, zapatos, adornos, afiches, juguetes y recuerdos de viaje forman una especie de museo espontáneo. Nada parece puesto al azar. Cada elemento habla de un tiempo, de una visita, de una fiesta o de una historia contada entre amigos.
En diciembre, según los relatos familiares, la discoteca podía llenarse hasta el punto de improvisar asientos con cajas de gaseosa y cerveza. Las habitaciones de la casa también terminaban integradas a la noche, usadas como espacios de apoyo cuando el mobiliario no alcanzaba. Esas escenas describen una época en la que la rumba tenía un sentido comunitario, familiar y barrial.
La New York permanece porque logró ser más que un negocio. Es un lugar de resistencia cultural. Mientras muchas discotecas cambiaron de nombre, formato o público, este sitio conservó su raíz. Su fuerza está en la continuidad: una casa que se volvió pista, una madre que abrió camino, un hijo que asumió el legado y una comunidad que todavía reconoce allí una parte de su propia historia.
En tiempos en que el Cauca necesita relatos capaces de mostrar su diversidad humana, la Discoteca New York ofrece una noticia distinta. Desde Pueblillo, recuerda que Popayán también se cuenta con vinilos, bailadores, memoria familiar y cultura popular. Allí, donde la aguja toca el acetato, la ciudad vuelve a reconocerse en una música que ha sobrevivido al tiempo, al terremoto, a los cambios de época y al silencio de muchas historias que merecen ser contadas.



