Monólogo medieval


Monólogo medieval

No crean que esto es una leyenda, nací en España en pura época medioeval, y, mi padre, severamente patriarcal, desde que tenía quince hasta los dieciocho me colocó un cinturón de castidad. Ustedes ya se imaginarán por qué y lo incómodo que significaba portar esta prenda.
A los veinte años debí contraer matrimonio para prolongar el poder económico de mi familia y un forjador me construyó otro cinturón, a la medida de mis nuevas formas anatómicas.
Si les intriga saber quién era mi esposo, les diré que era propietario de un gran feudo, en sus dominios cobraba impuestos, era juez, militar de supremo rango y administrador.
Anduve feliz durante dos meses, sin la prenda, hasta que mi esposo se marchó a luchar contra los musulmanes, cuando los árabes perdieron el último reino en Granada en 1492.
Cada dos años regresaba y durábamos días limpiando la llave y el cinturón con el mayor sigilo porque permanecían oxidados, hasta que falleció en la contienda y se perdió la llave que portaba en el cuello.
Cruel este invento de estar viva, tengo ahora cuarenta años y con la llave perdida, la esperanza será acudir a un cerrajero de confianza.
Guardo la ilusión de volver a nacer cuando haya democracia y cualquier mujer pueda comprar un cinturón en los almacenes de cadena, donde se admita devolver la prenda si le queda muy grande o muy pequeña. Claro, por mi manera de pensar, para esa época, no sería capaz de medírmelo en un “vestier”.
Esto que cuento es estrictamente confidencial y privado y espero que no salgan a contarlo en las esquinas de Face Book.
Denébola Librada
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