Modernidad y universidad


CARLOS E. CAÑAR SARRIA / [email protected] / En el siglo XIII, en plena Edad Media surgieron las universidades. Resultaron de la agremiación de profesores y estudiantes de las escuelas catedralicias y monacales. Eran corporaciones autónomas en el sentido de que se regían por reglamentos propios con el derecho a juzgar a maestros y estudiantes. El Papa y el monarca les daban la aprobación o licencia de funcionamiento. Derecho, medicina y artes fueron las primeras facultades. El latín era el idioma en que se orientaban las clases y se empleaban la cátedra magistral ante la carencia de libros. Las mujeres no tenían cabida y la mayoría de estudiantes varones aspiraban al sacerdocio. El canciller o representante del obispo era la máxima autoridad y al frente de cada facultad había un decano. El rector era un estudiante elegido por sus compañeros debido a su liderazgo. Coordinaba a los estudiantes y administraba la residencia. Las universidades se caracterizaron por ser órganos de opinión pública sobre los problemas vigentes de la época. Las disertaciones doctorales se hacían públicamente, la gente con gusto concurría a ellas y participaba activamente. Con el tiempo las universidades se fueron convirtiendo en foros internacionales, a los que asistían profesores y estudiantes de diferentes nacionalidades, sin embargo, las dificultades de medios de transporte y la carencia de avances tecnológicos invalidaban la posibilidad de permitir un nutrido intercambio de personas e ideas. Si bien fue cierto que la educación universitaria estuvo ligada a las orientaciones de la Iglesia, el saber dejó de ser patrimonio exclusivo del clero en la medida en que la presencia de laicos se hacía más notoria.
La secularización de la sociedad, las ideas liberales, el humanismo, el racionalismo, el antropocentrismo y otros rasgos de la Época Moderna, permiten la autonomía universitaria, variados programas, más participación y menos exclusión. La libre crítica en contraposición a las verdades absolutas o a los dogmas que perseguían absolutizarlo todo.
Una universidad moderna es una universidad democrática. El espacio donde confluyen una serie de saberes y experiencias que dinamizan permanentemente el arte de enseñar y de aprender. Una universidad moderna se convierte en permanente aliada de la implementación de conocimientos y adopción de valores que conlleven al desarrollo conjunto de la sociedad y a la convivencia civilizada. En escenario de oportunidades y posibilidades para la formación de ciudadanos para el servicio de la humanidad. Directivas, profesores, estudiantes, ex alumnos y otros actores sociales centrados en torno a un proyecto educativo institucional, trabajan con tesón en la construcción de una nueva sociedad. Se trata de una sociedad más amable, capaz de reducir los tipos de violencias, menos excluyente y encaminada a minimizar las condiciones de miseria. Una universidad comprometida en la investigación, análisis, discusión y solución de problemas locales, regionales, nacionales, incluso internacionales, toda vez que el saber y el conocimiento no están exentos de universalización, sobre todo en una época como la que vivimos donde los avances tecnológicos y científicos nos asombran cada día en la medida en que el mundo se hace más pequeño y menos distante y esta situación favorece la difusión de la cultura y del saber. El aprendizaje virtual y los convenios entre universidades nacionales y extranjeras son ejemplos claros de la universalización del conocimiento.
Una universidad moderna no puede ser posible cerrada al mundo, con directivas y docentes dogmáticos, que pretendan absolutizarlo todo. El mejor docente es aquel que llega al aula de clases con la sencillez de un Sócrates: “Sólo sé que nada sé”. Nada de arrogancia porque en una sociedad moderna maestros y estudiantes desde el punto de vista intelectual se nutren mutuamente. Los verdaderos maestros se aproximan a los estudiantes, los guían y orientan, permiten que del error se derive el conocimiento. Detectan fortalezas y debilidades en los procesos educativos; están siempre motivados en la inagotable búsqueda de la excelencia. Docentes con sensibilidad social, comprometidos con la sociedad, generan compromiso en los estudiantes para que en el futuro no pasen indiferentes ante escenarios plagados de problemas.
La actitud crítica y el interés investigativo se hacen necesarios. Sin una mentalidad crítica no se pueden suscitar los cambios que demandan las comunidades. Una universidad que no investiga, lejos está de ser moderna. Universidades que no investiguen están condenadas a desaparecer. Por eso los centros de investigación deben ser disciplinados y productivos. Las universidades modernas reclutan a los mejores docentes y en su selección acceden a criterios meritocráticos. Garantizan su permanencia dentro de unas relaciones contractuales favorables. La autonomía universitaria permite la dialéctica en los programas, que deben crearse y ajustarse de acuerdo a la evolución y a las necesidades de la sociedad.
Coletilla: Bochornosa y patética la reacción del uribismo frente a la Casa de Nariño pidiendo la renuncia del presidente Santos por la detención del hermano del senador Uribe. Como si Colombia no fuese un Estado de Derecho.



