Miguel Eduardo y Lucy Amparo
Por Alfonso José Luna Geller
Gobernar un pueblo es una actividad que depende exclusivamente de las condiciones personales e idoneidad de quien ejerce el mandato popular, entendidas éstas como actitud, disposición y capacidad psicológica para cumplir compromisos, habilidad para planificar y gestionar por iniciativa propia y colectiva propósitos que favorezcan los anhelos de una comunidad, contar con un deseo personal y sincero de acertar y concertar con total entrega porque considera el encargo como algo transitorio, una etapa en su plan de vida, y no un fin en sí mismo; tener antecedentes de buena gente, identificarse plenamente con sus paisanos; nada que ver con la magnificación de un ego o la culminación de una carrera política que sólo ha de tener repercusiones en una hoja de vida llena de títulos, nombramientos, certificados o pergaminos, a la cual se le añade el haber ejercido como gobernante, así su pueblo por equivocación al elegir, al fin se dé cuenta que padeció la iniquidad de un autócrata prepotente, aislado de su comunidad, hasta incompetente, mientras ejercía el cargo, o muy tarde, cuando culminó su período y ya no hay nada qué hacer, como tantas veces ha sucedido.
De estos últimos personajes está llena nuestra “historia patria” y la contemporánea, pero paradójicamente no los vemos, generalmente por ignorancia o porque no queremos verlos, pues sería reconocer nuestra irresponsabilidad política como electores. Los primeros también han existido, pero por su humildad, devoción cívica, profesionalismo y solidaridad social, no alcanzan titulares en los medios, pasan desapercibidos porque ser virtuoso y honorable sí es “inherente a la condición humana”, y esta condición no puede ser noticia; casi siempre cuando están de candidatos, son víctimas del oportunismo de campaña: invariablemente aparece alguien cada cuatro años con nueva argucia cada vez, o cualquier exótico en el quehacer cotidiano de la región, que después de 25 años de abandono, regresa en paracaídas a imponer orden con perrero, a apoderarse de la ingenuidad pública. A los más capaces ordinariamente los arrolla la politiquería, las dádivas, las componendas, la corrupción de moda, los discursos “veintejulieros” que tanto encantan en ciertos sectores ciudadanos y hasta las trampas que se urden en los puestos de votación o en las registradurías.
Gobernar un pueblo es recibir un mandato y ejercerlo a favor de ése pueblo, y no al contrario. Mucha gente cree que el mandatario es el que manda, el que ordena, el que impone, el que se arroga facultades para subyugar, y por eso, son muchos los que le rinden pleitesía, le juran sumisión –claro que a cambio de unos cuántos pesos- le admiran y hasta veneran, le tratan como a un ser superior, o le odian a muerte, y de esa incultura se vale para ganar elecciones. A mucha gente le gusta que le den cosas gratis, se suben rápidamente al bus que ven como más lleno, que los manejen, que los sometan a cambio de algún ínfimo reconocimiento. Pero en los pueblos cultos el mandatario (así con minúsculas, no con mayúsculas como algunos obsecuentes periodistas lo escriben) es quien acepta del mandante (el elector) su representación personal, es quien se compromete a gestionar a favor de quien le elige, es un comisionado suyo o el gerente de un gran proyecto público.
Los caucanos vamos a elegir nuestros mandatarios locales y regionales el próximo 30 de octubre. Y hacerlo significa una gran responsabilidad cívica. Es un deber social, familiar y personal, analizar, no tanto las propuestas, pues casi todas son iguales, ninguna se puede descartar ya que todas nos pintan pajaritos en el aire, sino quién es la persona que va asumir semejante compromiso por cuatro años, cuáles son esas condiciones del candidato que ha de liderar nuestro futuro colectivo y garantizar la conducción planificada de la sociedad por un camino seguro, decente y amable para todos. Hay muchos candidatos pero también mucha incertidumbre.
La indecisión y la duda son hijas de la indiferencia, del desconocimiento de nuestra responsabilidad social, de la aceptación impensada del discurso oportunista, de la explotación maquiavélica de los problemas o falencias de los demás, adjudicados a quienes aspiran a sucederlos; la incertidumbre es madre de decisiones equivocadas.
Yo opino que en el escenario regional de candidaturas sí hay personas idóneas, que inspiran certeza y confianza; para mí son: Miguel Eduardo Muñoz Guevara para la Gobernación del Cauca y Lucy Amparo Guzmán González para la Alcaldía de Santander de Quilichao.
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