MIEDO A LA PAZ


En diferentes escenarios siempre he expresado que en Colombia no existe un único conflicto, idea ésta que nos han querido imponer desde los centros generadores de opinión. He sostenido que nuestra historia, al igual que la de la humanidad, ha sufrido innumerables conflictos, algunos de ellos resueltos de manera civilizada y otros tantos no.
También he manifestado que conocer la historia es un requisito indispensable para empezar el camino de la solución de dichos conflictos. Eso sí, asumiendo la historia no desde la perspectiva clásica de los ganadores, esto es, la de una memorización de nombres, eventos, fechas y lugares sin contexto, sino desde la perspectiva de esos otros relatos, descontextualizados, falseados o invisibilizados que le han hecho falta al relato de nuestro acontecer, es en esa carencia de democracia histórica en dónde nos perdimos y continuamos sin rumbo.
Sin embargo, hace falta algo más para completar dicho relato, hace falta entender que en esta, nuestra “Matria”, convivimos un sinnúmero de singularidades étnicas, culturales, religiosas, de género, de preferencia sexual e ideológicas que es necesario tolerar y respetar. Se hace prioritario echar mano de la paciencia, de la apertura de mente para intentar debatir las diferencias sin acudir a la violencia en cualquiera de sus expresiones.
En días recientes, quienes consumimos información, hemos sido espectadores de ese intento de reproducir una violencia en particular; la verbal (dicha o escrita en los medios masivos de comunicación) y que, a mi modo de ver, ha sido la causante de los males de este terruño llamado Colombia. Las elites del poder económico y político del país insisten en seguir polarizando esta sociedad, ad portas de la resolución pacífica de uno de esos múltiples conflictos; el de la guerra entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno nacional. Las voces de aquellos que no concuerdan con buscar la solución de este conflicto armado, han intentado desviar su miedo a abandonar el statu quo de violencia que hemos padecido durante tanto tiempo, apelando a la tergiversación, al embuste y a la manipulación, para hace creer a la sociedad colombiana que los esfuerzos de enrutarnos hacia la paz, son algo así como los llamados a transitar los caminos hacia el infierno.
Este miedo a atreverse a otra Colombia, instigado por sectores afines al partido del expresidente y hoy senador de la República Álvaro Uribe, ha logrado que este reciente intento de negociar el fin de uno de los conflictos armados del país, entre en el terreno de la incertidumbre, de la desconfianza y del desgano. Pareciera ser que el pueblo colombiano prefiriera mantenerse en un constante estado de guerra, que aventurarse por los caminos de la reconciliación, la tolerancia y la solidaridad. Las falacias, las altisonancias, la manipulación de la opinión pública, han logrado que ese anhelo de paz este dividido en dos mitades: una, la de quienes creemos que transitar por la senda del debate abierto, sincero y democrático de las visiones de país, es deseable; y la otra, la de los desinformados y atemorizados paisanos que creen que la única opción de vida es la darwiniana, la del más fuerte, la del que vocifere más alto y de seguido, la del ¿usted no sabe quién soy yo?.
Desde estas línea hago un muy respetuoso y fraterno llamado a mis hermanos colombianos, para que nos pongamos la mano en el corazón, pero de verdad, y recapacitemos en este artificial dilema en que nos han puesto los manipuladores del poder, y planteo en una pregunta: ¿Queremos intentar vivir en paz o queremos seguir viviendo esta endémica violencia? Sin distingo de filiación partidaria o ideológica, es tiempo de detener esta bola de nieve mediática y empezar a exigir a nuestros representantes; la valentía necesaria para superar su miedo a la paz, para reclamarles la seriedad, y responsabilidad necesarias para lograr el disfrute de ese anhelo y derecho constitucional llamado Paz.



