MELO Y LA COMUNA DE LOS ANDES


Rebuscando en mi biblioteca al amanecer, decidiendo conocer un poco más de la historia colombiana, sabiendo por el libro: José María Melo; razón de un rebelde, de Darío Ortiz Vidales, una obra olvidada, ninguneada y despreciada, escrita, que cuenta que el 4 de diciembre de 1854, se derrotó a la revolución artesanal en Bogotá.
Fue un conflicto armado entre el pueblo y la naciente oligarquía criolla, a la cabeza con Tomás Cipriano Mosquera, uno de los caudillos que lo primero que hacían era levantar patíbulos por todas partes, después de lograda la victoria, ajusticiando a los líderes de la revolución popular. En dicho frenesí triunfalista, dice Ortiz Vidales en su publicación, que Mosquera e Hilario López, una vez tomada plenamente la capital, celebraron en la Cámara de Representantes el triunfo con el cónsul norteamericano.
Brindaron en abundancia y comieron aquel día. Narra el historiador y político, que durante el convite con el gringo, el general caucano conocido como “Masca chochas”, por su mandíbula de plata, la embarró como si fuera hoy, con la misión diplomática, expresándose mal del país hermano. Poniendo en aprietos las relaciones con esta nación.
En aquellos días triunfalistas se pasó del paredón al pasquín: “Los matachines”, como eran llamadas las hojas impresas contra los vencidos, traían comentarios y caricaturas groseras, mientras tanto, el general Melo, líder de la contienda artesanal, Obando, Torres y Posada, el dueño del periódico el “Alacrán”, permanecían detenidos encadenados a pan y agua en las aulas del colegio San Bartolomé.
En mala hora los vencedores y carceleros, olvidaron, que en todas las contiendas, los conflictos armados entre bandos con diferentes intereses económicos e ideológicos, formaban un en armisticio, para indultarse mutuamente: tropas ganadoras, insurgentes, y sus dirigentes. Pero Mosquera, deseaba sólo cárcel y fusilamientos en sus improvisados cadalsos.
El historiador chaparraluna, cuenta, que las persecuciones superaron las del antiguo virreinato colonial. Y sus métodos fueron rigurosamente aplicados a todos los participantes, de esta primera revolución social armada en Colombia, con características de “Comuna de París” pero en una aldea de la cordillera de los Andes colombianos.
Con esta represión sin precedentes el nuevo gobierno daba cauce a su odio de clase contra las “Sociedades democráticas”, de los artesanos. Treinta años después con Núñez y el archicatólico hispanista Miguel Antonio Caro, los vencedores impondrían la Constitución de1886, estableciendo en su artículo 47, que: “Son prohibidas las juntas políticas populares de carácter permanente”. Apartado, que duró ciento veinte años. Sólo Murillo Toro, (Que fuera presidente) con otros “radicales” protestó por el maltrato recibido por José Antonio Melo y demás participantes en la insurrección, que duraron siete meses en el poder, intentando arrebatárselo a la oligarquía naciente del capital agrario o conservatismo, y del capital financiero o liberalismo.
Los rebeldes de José Antonio Melo, recibieron un trato infame de los llamados Republicanos de Mosquera: Doscientos artesanos, fueron encadenados y deportados a la lejana Panamá. Una zona húmeda e inhóspita repleta de malaria. Donde aquellos que lograban llegar caminando hasta el Istmo, morían además de disentería, cólera y tuberculosis. Muchos durante el trayecto eran asesinados o abandonados.
Florentino González el Procurador General de la Nación, fue un defensor contumaz de aquella naciente burguesía, y uno de los más recalcitrantes opositores a la amnistía a los insurrectos, diciendo: “Los rebeldes deben ser extirpados todos como un tumor maligno, frases que hacen pensar en el actual de reconocida trayectoria reaccionaria”.
Epitafio para José Antonio Melo
Armando Orozco Tovar
Al amanecer llegaba al campamento,
a organizar tropas y caballería.
Joven comenzó a pelear por la libertad
al lado de Bolívar.
Era Pijao de cepa
invencible con su lanza y sable
sobre su alazán.
Recorrió países sin visa,
transitó por ellos
como si pasara de una habitación a otra
de su casa.
En las batallas de Bomboná,
Pichincha, Junín y Ayacucho,
a pensar aprendió
al lado del Libertador y de Sucre.
En un frío amanecer mexicano
contra un muro
de un convento abandonado de monjas
lo fusilaron.
Al que hizo la guerra
contra el imperio español
y la naciente oligarquía colombiana.



