Para este lunes 4 de abril se ha lanzado la iniciativa de remangar la boca del pantalón para significar en público que rechazamos la abominable treta de usar minas para amedrentar la entrada a zonas cercanas a territorios dominados por las fuerzas no adictas al gobierno. Es obvio que apoyamos la causa de reclamar con gestos, los actos delictivos y guerreros que han dejado niños, mujeres, civiles y soldados sin pies o piernas o brazos mutilados.
Esta diabólica invención de hombres desesperados por mantener alejados de sus guaridas a los vecinos no fue producto de la inteligencia y la compasión del ser humano. No es una conquista del hombre para enriquecer y proclamar su hombría y valores dignos. Es fruto de la astucia de los cazadores de la edad de piedra cuando el troglodita ponía cepos y cordeles para hacer caer en fosos la fiera o la presa que corría por los bosques solitarios en busca de sustento. Lo hacían como arma para conseguir alimento o vender sus pieles o para librarse de lobos, tigres que asolaban sus propiedades y rebaños.
Se usó esta vil sorpresa en las luchas de Corea, en el Congo, en Saigón y vimos en películas estas estratagemas que nos parecieron casi heroicas cuando las hacían los aliados contra los enemigos. Jamás pensamos que en nuestra patria lo copiarían de manera impía y traicionera nuestros muchachos nacionales contra la población civil inerme e inocente. En el cine vimos cómo volaban despedazados los combatientes con sus cantimploras, sus fotos y zapatos. Sus riñones y corazones quedaban tendidos sobre la hierba y la maleza.
Hoy, en el siglo de la tecnología, de los misiles, la contrainteligencia, los tucanos y el diálogo se sigue utilizando este modo artesanal y cruel en nuestros campos, entradas y cercanías a pueblos, parques, acueductos y torres de energía. Se denominan minas quiebrapatas o, con apelativo más sofisticado, minas antipersonas.
Eso son. Quiebran el alma, mueven las entrañas, explotan las arterias. Proclaman que quienes las idean y camuflan con cuidado no tienen un asomo de humanidad y respeto por la vida. Ya no usan este artificio para dañar las patas de conejos o venados o para tramarle una encerrona a un lobo o una pantera. Ya no es el hambre natural y no es un anticipo del deporte de la caza. No. Es acechar con alevosía y sevicia al ser humano con armas usadas contra animales en la selva. Es tratar al hombre y al niño como cebo de sus instintos salvajes.
Poco haremos este lunes 4 si nos arremangamos el pantalón hasta la rodilla para mostrar al mundo lo que hacen en Colombia quienes prefieren la crueldad a vivir en sociedad ideando y proponiendo inventos con patentes para hacer vivir mejor a niños y jóvenes. Tenemos que hacer algo para tratar de conmover a quienes maltratan y torturan de un estallido el porvenir de tanto hombre del campo, de niños en la flor de su edad y soldados desprevenidos. Lo haremos, también, como homenaje a los caídos y quebrados en el patrimonio de sus huesos.




