MARIA CELESTE


Imposible olvidar los viajes por mar antes de que los poderosos Boeing desplazaran a los trasatlánticos, perdura en mi memoria el perfil de uno de ellos, me lo ha hecho recordar el curioso nombre de una poeta que, a su vez, repercute en otro gran trovador que supo plasmar y, digámoslo más prosaicamente, clasificar la riqueza vegetal y animal del país que se lleva en el alma y que, de alguna trágica manera, ya no existe. Sucedió lo mismo con Horacio Quiroga, enamorado de la selva, con profundo arraigo en Misiones donde los jesuitas pudieron levantar un emporio a favor de los indios, el conocimiento para ellos no era un fruto prohibido pero resultó ser intrínseco, en realidad, un arma poderosa para atemorizar a los sátrapas, así tenemos el caso abominable y vil del déspota explotador y miserable Arana (araña, ¿tal vez, ponzoñosa y mortal?) que convirtió la selva de la Amazonia en un infierno.
Decía oportunamente Rubén Darío que los poetas son pararrayos celestes, sin embargo, algunos, antes de ser víctimas de un atropello, manifiestan el coraje de arrojar truenos y centellas contra el medio circundante cómplice de los despropósitos y violaciones a la naturaleza vulnerable del hombre. Caín, a mi parecer, fue el primer agricultor víctima del despotismo, condenado a la agobiante tarea de arañar la tierra, de romper la corteza para abrir surcos y para alimentar la semilla transportar agua quien sabe desde que distancia, no tuvo un poeta que lo defendiera, no tuvo una voz para enaltecer ese fervor de mantener viva la llama generadora de energía, de que brotaran de las rocas y de la aridez del suelo flores y frutos y árboles y pasto para sustento de los animales silvestres. ¿Por qué su ofrenda no merecía la atención del dueño de los predios? ¿Por qué el patrón prefería al pastor ocioso que tendido a la sombra de algún arbusto se deleitaba en tañer durante todo el santo día una flauta? La carne, como alimento, la lana para la confección de vestimenta, lo que daba la tierra no era del gusto del paladar de la naturaleza divina. ¿Divino? ¿Existieron los gigantes de que habla la Biblia? Muchos rastros se han encontrado, esqueletos descomunales, hasta en el léxico de las antiguas lenguas aparece la expresión “div”, ese era el calificativo dado a los seres de altura superior a la del hombre normal- “Div”, en el idioma de los pelasgos significa “gigante” y este suele aparecer en los relatos fantásticos de genios y brujos del mundo árabe. Entonces, ¿Cómo murió Abel? ¿Qué Caín lo mató con la quijada de un burro? ¡Qué curioso! Dice la Biblia que Sansón mató a muchos filisteos con la quijada de un burro, ¿Por qué no con la de un camello? La transcripción de los relatos recogidos por la Biblia quizá no se ajuste a la realidad. ¿Sería, acaso, que los rebaños de cabras y corderos invadieron y destruyeron los cultivos y sembrados de Caín? En el altercado perdió Abel el equilibrio, al caer al suelo se rompió la cabeza en una piedra. Sin pruebas fehacientes fue condenado Caín. ¿De dónde salieron los burros de las sagradas escrituras? Chi lo sa.
Ahora bien, la m/n María Celeste se construyó en los astilleros de la Unión Naval de Levante, idéntica al “Satrustegui” que sufrió un atentado en San Juan de Puerto Rico, un extremista anti castro no podía concebir que España tuviera relaciones comerciales con Cuba. El asunto quedó en manos del FBI, el ataque fue hecho en territorio de los Estados Unidos. La m/n María Celeste, destinada primordialmente al turismo, tenía 108 cabinas de primera y 244 de segunda, además de un espacio apropiado para los pasajeros de tercera, su ruta era Barcelona, Génova, Nápoles, Cádiz, Canarias, México, Cuba, Santo Domingo, Jamaica, Curazao, La Guaira, Cartagena y viceversa, tour retour. En cuatro o cinco oportunidades tuve el placer de disfrutar por más de un mes, en alta mar, de las delicias y atenciones de la tripulación, qué decir de los puertos de escala y las agradables sorpresas de ser un turista ocasional. Me di el gusto de brindarme a mí mismo con un Daiquiri a lo Hemingway en el “Floridita” de La Habana, disfruté de los calypsos de los músicos de Jamaica alegrando con sus banjos y tambores los grandes almacenes de Kingston abiertos de par en par para los turistas, durante un par de días participé en los carnavales de Veracruz y en Nápoles, disfrutando de una pizza de enormes proporciones como el Coliseo en la plaza de mercado, sorprendidos por lo inmensa no nos atrevíamos a meterle el diente pero un estudiante, sonriendo alegre y divertido nos advierte desde la mesa vecina “la comerai, la comerai”, así fue hasta el momento de tomar el tren para el puerto de embarque, andaba con dos compañeros de viaje chilenos visitando las ruinas dejadas por el Vesubio. Casi lo perdemos, nos costó correr un buen trecho para alcanzarlo.
La m/n María Celeste fue transformada para el transporte exclusivo de carga, los Boeing la desplazaron y se perdió el encanto de los viajes por mar- Decía que su recuerdo me vino a la memoria cuando en el periódico “Proclama del Cauca” de Quilichao leí un poema de Cielo María Villegas “Un tiempo y un espacio para soñar”. Era alumno de primer grado hace muchísimos años atrás en el Colegio Sucre de Ipiales. Ceremonia del fin del año lectivo. Mi primo Arturo Pérez me enseñó a memorizar y recitar un poema de José Eustasio Rivera “La paloma torcaz”. Como el rin rin renacuajo de Pombo, corbatita negra de mariposa maravillosamente colocada en el cuello de una camisa blanca, pantalones largos y chaqueta negra, trepado en una silla en el proscenio para que me pudieran ver los que estaban en el extremo del salón, creo que fue un éxito por los generosos aplausos prodigados, esos días y meses de mi infancia están siempre presentes. Con los años me alcanzó en México una conmovedora carta, Arturo escribe: “hasta que en alguna parte del mundo nos encontremos en la plataforma de un tren eléctrico”. Murió Arturo y esa promesa no se cumplió nunca. Ahora “Tierra de promisión” regresa en ese bello poema de Cielo María publicado en “Proclama” y que dedica a los desplazados de este infortunado país. Pero, a la vez, he recibido de doña Norma Valencia, de Popayán, una modesta publicación de prosa poética de Nohra Delgado de Hormaza, con prólogo de Gloria Cepeda. Le decía a Hernán Franco, quien hizo la publicación de ese librito “Así era Popayán”, que me sorprendía en grado sumo que las doctas y payanesas gentes de la Polis no lo hubieran editado en la imprenta departamental, si es que aún existe después de semejante terremoto, en respuesta me escribe que esas doctas gentes desconocieron el valor de esta poeta que sobriamente y con garbo, de prosa brillante y exquisitas metáforas, retrata personajes y momentos de imperecedera belleza de una ciudad que se va difuminando con los calendarios pero nos deja, en el alma y en el corazón, la nostalgia y embriaguez de un elixir que nos aproxima al éxtasis de una época que solamente los poetas pueden sustraer del tiempo y mantenerla viva en el presente.




