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Viernes, 2 de octubre de 2026

Marco Polo

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Marco Polo: Libro de las maravillas del mundo

Donaldo Mendoza.

 El nombre de Rustichello de Pisa se actualiza cuando leemos Los viajes de Marco Polo. Porque no fue propiamente el autor, sino el amanuense que prestó su pluma para que Marco Polo contara “las cosas maravillosas que él vio en aquellos lugares, sin silenciar las que oyó en boca de personas dignas de toda fe”. Son esas ‘maravillas,’ un valor que se agrega a las cosas que se cuentan en ese libro de tantos nombres. Porque ‘realidad’ no es solo lo que la razón enseña (la verdad de lo que objetivamente existe), Marco Polo intuyó que lo imaginado no es menos real que lo que llaman ‘realidad’.

Con Marco Polo se entiende también que el destino no es el mero determinismo que quieren hacernos creer. Cuando se ha leído el libro, se comprende que los viajes estaban trazados en la vida de este hombre. Y como algo ya escrito, los caminos se abrían a su paso; los enigmas de lenguas y letras eran descifrados a los pocos días de estar en una aldea. Y de los lugares y sus gentes nos dice: “Os hablaré de sus modos y costumbres”. Y la intención de Marco Polo es ‘instruirnos’, mediante sus viajes y relatos, sobre las costumbres, vidas y otras características, que con mirada inquisitiva observaba en esas gentes y tierras remotas. Son tan numerosos los asuntos tratados en el libro, que uno solo basta para elaborar una reseña, dado que cada cosa es contada con información detallada, en una prosa que tiene la sencillez de lo espontáneo.

Ese particular asunto es el religioso. En efecto, al anunciar el arribo a un lugar, lo primero que nos informa Marco Polo es si la gente es idólatra, musulmana o cristiana (estamos en el siglo XI de nuestra era). Y la mayoría son idólatras, apegados a innúmeros dioses, a magos, adivinos, oráculos y horóscopos. La interpretación que hacen de cristianos y musulmanes no viene propiamente del canon bíblico, sino del modo como ellos lo conciben. El Gran Kan, señor de vastos territorios en ese Oriente lejano, determinó que “por ninguna razón tolera que los cristianos lleven la cruz ante sí, porque en ella fue flagelado y muerto un gran hombre como Cristo”.

Y el musulmán, por una supuesta ley de Mahoma, considera que “todo lo que arrebatan y roban a las gentes que no profesan su religión, bien arrebatado está, y no se les ha de imputar como pecado”.

Y también tienen su interpretación para la leyenda de los reyes magos: “…Tres reyes de aquella comarca fueron a adorar a su profeta que había nacido y le llevaron tres ofrendas: oro para saber si era un señor terrenal, incienso para saber si era Dios, mirra para saber si era eterno”.

Llama bastante la atención que en todo el libro (402 pp. en la edición leída) Marco Polo no diga nada sobre Lao Tse o Confucio. Y a Buda solo le ofrenda una línea: “Sagamani Burcán, dicen, fue el mejor hombre que jamás tuvieran entre ellos y el primero al que consideran santo”.

La cultura, en sus diversas manifestaciones, está atravesada por un sentimiento religioso de muchos matices; en la justicia, por ejemplo, “si alguien ha hurtado alguna cosa de poca importancia se le apalea siete veces. O diecisiete, o veintisiete, o 37, o 47”. Los médicos, astrólogos y adivinos, que tienen mucho crédito dentro de esas comunidades, “dicen que a quien manda a plantar árboles se le concede larga vida”. Y de un enfermo grave, el médico diagnostica que “tiene todo aquello porque ha causado algún agravio a alguien”.

Existe el templo de la moral y la inocencia, y explica que “las jóvenes avanzan tan despacio cuando caminan que no adelantan un pie después del otro más de un dedo, pues a menudo la naturaleza de las vírgenes se desgarra sin que haya intervenido la lascivia”.

La pluma de Rustichello de Pisa la volvemos a encontrar en el último párrafo, para decir que “no hubo jamás en el mundo, ni cristiano, ni sarraceno, ni tártaro, ni pagano, que recorriera tantas tierras por el mundo como hizo micer Marco Polo (1254 – 1324), hijo de micer Nicoló Polo, noble y gran ciudadano de la ciudad de Venecia.

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Donaldo Mendoza

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