MARCELO TOCA



«Pa, me he dado cuenta que la imaginación es fundamental para vencer estos pasajes tan difíciles de interpretar».
Y enseguida toca un episodio virtuosístico, los dedos sortean la longitud del diapasón con la velocidad que otorga el viento a las cosas ágiles.
«Es que la imaginación supera la velocidad que se interpone como esfuerzo; uno debe sentir primero la dinámica de la interpretación con la imaginación, y entonces todo acontece de manera natural, sin esfuerzo de parte de uno», añade.
Y ensaya de nuevo sus pentagramas colmados de signaturas, que sólo los músicos entienden como si fueran su segundo lenguaje natural, quizá íntima expresión de un sentimiento traído desde lo sublime.
Y el violín llena el recinto con un cantar que hace olvidar todo lo demás.
Porque la música absorbe; es una contemplación con el oído puesto en clave de silencio, inmerso en sonoridades traídas quizá desde el éter. Y el sonido se despliega en complejas gamas de colores, timbres y tonalidades; la paleta sonora es tan variada como la de un pintor, de un poeta que cuenta historias reales o fantásticas entre el alfa y el omega.
Y el tiempo ha sido un invitado más en la jornada; pero ha dejado de marcar su ritmo con el tic tac de los relojes, porque la música traslada a un éxtasis que el tiempo físico real no procura nunca.
«Mijo, hay algo en esto que me hace sentir una felicidad que yo no expreso jamás a través de gestos o palabras», le digo.
Y él guarda su violín; se retira, y queda la persistencia de las melodías en el ambiente, como si la música no quisiera despedirse, sino a través del olvido inevitable que vendrá después.
RVQ



