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jueves 26 diciembre, 2013 a las 10:11 am

Mandela y Colombia

Mandela
FELIPE SOLARTE
Por: Felipe Solarte Nates

La reciente muerte de Nelson Mandela nos deja a los colombianos muchas enseñanzas de cómo cuajar un proceso de paz a pesar de las atrocidades cometidas de parte y parte en un prolongado viacrucis en el que se le dio vía libre a la intolerancia alimentada por posiciones extremistas.

El apartheid que sufrieron la mayoría de habitantes de Suráfrica, dominados por una minoría blanca de origen europeo, era lo más parecido a los campos de concentración o a los gulags, que establecieron los nazis en Polonia y los soviéticos en Siberia.

El segregacionismo de Suráfrica fue tan impactante y extremo que motivó a Gandhi, recién graduado de abogado, a luchar contra él, y cuando se despojó de saco y corbata, a regresar a su natal India, a luchar contra el colonialismo de los ingleses, esgrimiendo la no violencia como su principal arma.

Mandela también abogado, intentó en sus primeros años de ejercicio profesional, luchar por las buenas en defensa de las mayorías negras oprimidas por un régimen de características nazis; pero pronto se convenció de que correspondía hacer una oposición armada apoyando al Concejo Nacional Africano.

Los largos años que estuvo en prisión sirvieron para templar su espíritu y pensamiento y para escribir sus memorias, lo que a la larga y en compañía del arzobispo anglicano Obutu, favorecieron el proceso de paz y el perdón y reconciliación con las minorías blancas que al final se convencieron de que en Estados Unidos a inicios de los setenta por ley había sido abolida la discriminación por el color de la piel y que no podían condenar a Suráfrica a ser un país paria, criticado por todo el mundo y al que por la segregación racial les impedían hasta participar en los Juegos Olímpicos y en el Campeonato Mundial de Fútbol.

En Colombia, las Farc, a pesar de abrogarse el derecho a la lucha armada por la intransigencia de un régimen oligárquico bipartidista que se cuajó en 1958 con el Frente Nacional, también les corresponde darse la pela de reconocer sus errores y atropellos contra la población civil en atentados como los cometidos en Inzá.

Si a sus jefes les toca soportar un canazo blandito después de negociar con el gobierno a costas de la desmovilización, lo más conveniente sería que aprovecharan su tiempo tras rejas, para escribir sus memorias y raciocinios políticos, tal como lo hizo Cervantes, en las cavernarias prisiones del feudalismo hispano rebuscándose pluma, tinta y el papel. Acá por lo menos tendrán portátil.