MAGNOLIA EN MI CASA


MAGNOLIA EN MI CASA

Ha venido a mi casa Magnolia a pasar unos dos días conmigo. Su mano es blanca con los cinco dedos suaves y tersos y su aroma discreto, casi imperceptible. La llamé por su nombre de uno de los árboles que encuentro en mi caminata diaria y feliz bajó y la recogí de inmediato.
Todos los días había pasado por su lado y veía a sus compañeras tendidas en el andén adornando el día y alegrando con su presencia la vía. Algunos mirarán los magnolios como a cualquier otro de los árboles que siembran para adornar las calles. Algunos pocos admirarán sus flores como yo lo hago. A mí siempre me han parecido de mejor familia.
He consultado al doctor Google sobre su origen, formas, número de pétalos, nombres científicos y lugares en donde ha vivido. Hay variedad de ellas. Unas tienen muchos pétalos y su cuerpo es abultado. Pero esta colombianita y caleña es sencilla. Apenas tiene cinco pétalos y no tiene ni siquiera estambres ni pistilo. Pero es hermosa a la vista. No necesita más para ser una flor tan distinguida.
La he traído a mi apartamento y la he sentado en el lugar más céntrico y fresco para que luzca y se sienta contenta. Las flores siempre han sido de mi devoción. Porque son femeninas, porque son llamadoras de la atención con sus colores y sencillez y muchos otros porqués como la tersura de su piel. Sí. Son como mujeres. Sensuales, se mueven como el viento, descuelgan su cuello y bajan coquetas los ojos… entre otras cualidades.
La magnolia no es la excepción. Empezando por el nombre. Alguien que se llame magno tiene que ser grandioso o desdice de su nombre. Como Alejandro, el de Macedonia. Miren ustedes todas las variedades de su nombre en Internet y todas son bellas.
Tan pequeñita y desde allí reina, señorea y luce. Su blancura que no es tan blanca, la suavidad al tacto, la delicadeza a la vista y la sobriedad de su estatura. No necesita ser muy alta ni tan grande para ser hermosa. No olvidemos que estamos hablando de una flor, no de una mujer. De ese tópico grato podré hablar en ocasión propicia. Además, nada tiene que envidiarle a una joya y podría estar en el pecho de una reina y …reinaría.
La he resguardado de estos calores que están haciendo. Destapé el jarroncito grabado de adorno de la mesa de centro, eché agua fresca y allí la deposité sobre su superficie. Si la he traído es porque la venero y no quiero que amanezca marchita mañana.
Cuando salí a ver la final del mundial de fútbol me despedí de ella. Estaba lozana y como que me sonreía. Pobrecita se quedaría sola. No estará en el árbol de donde cayó como del cielo, pero está aquí a mi cuidado. Cada que paso a su lado me agacho y la admiro. Sus pétalos están frescos, su color se ha conservado y como que se ríe cuando la miro. En la mitad hay como un recipiente amarillo. Al parecer allí guarda energías como todo ser vegetal y vivo para resistir el paso de los días. No tiene así visitantes que la acosen con su pico o sus patitas. Nació y creció como si fuera consciente de la visita de la dulce abeja o el sediento bichofué o que suban allá las obreras hormigas.
Me he levantado en esta bochornosa tarde a ver su donosura. Está intacta y a salvo.
15-07-18 3:20 p.m.
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