MAGDALA

MAGDALA
(De mi libro «Jesús, el Íntimo»)

Y estando en un convite, Jesús tomaba unos sorbos de vino. Él estaba aparte, sentado en un rincón, con la dignidad de un hombre solitario.
Y en el centro del gran salón, una mujer joven danzaba al ritmo de unas panderetas; su cuerpo y movimientos eran un arrobo para los sentidos; todos la miraban extasiados menos ella, Magdala, quien desde una mesa dirigía insistentes miradas a Jesús.
Ella se animó, fue hasta donde él y se sentó cerca. Y era hermosa, de ojos aceitunos y cabello oscuro, ensortijado, de piel gitana; parecía conocer mucho mundo.
“Maestro, estás solo, no te integras a la fiesta”.
“Miro cómo hombres y mujeres dispersan su espíritu; nunca entrarán al cáliz secreto; el Santo Espíritu jamás se posará en ellos, y así nunca accederán al Santo de los Santos”, respondió Jesús.
“¿El cáliz?”
“Sí, la crátera”, contestó Jesús.
Y poniéndose de pie, posó ambas manos sobre el cráneo de ella.
“Aquí”, dijo, “fluye el néctar sagrado”.
Y entonces ella entró en éxtasis por un breve rato, pasado el cual expresó, visiblemente admirada:
“De ahora en adelante debo ungir tu cabello con aromas. Yo era una flor mustia, ahora he recobrado mi perfume”.
“Toda alma es una luz que pierde brillo desde que sale del seno del Padre, y poco a poco colinda con la oscuridad a medida que se aleja del centro”, contestó Jesús.
“¿Por qué hiciste que me perdonaran? Hubieras dejado que me lapidaran; pero entonces no te conociera, yo sería una sombra sin el calor y destello de la vida”, dijo, y sus pulseras tintineaban con el movimiento de sus manos al hablar.
“La bondad grande de mi Padre es el perdón, y yo me arrimo siempre al pilar de la misericordia”, repuso Jesús.
“Cuando cogieron las piedras, los rostros de la multitud eran fieros; la furia es un contagio en toda plaza pública; bastaba entonces un reclamo al lugar del corazón, porque en verdad te digo: nadie juzgue a otro; en la misma medida se hará reo de justicia”, añadió.
Y Magdala lo miraba atentamente; sus maneras eran suaves, su gracia femenina invitaba al recreo de los ojos.
“Todavía no olvido mi pasado”, dijo, entristeciendo la mirada.
“No te preocupes, yo no te juzgo, mi Padre tampoco. A mí ha sido dada toda potestad sobre las almas”, respondió Jesús, y el rostro de ella asomó un dulce sonreír.
Y entonces Jesús se levantó, la invitó a caminar; él posaba su mano en ese hombro moreno mientras iban.
“Más allá del Puente de las Ánimas hay un hermoso cedro donde acostumbro a orar”, le comentó Jesús.
Y con paso suave se alejaban; tres nubes únicas había en ese cielo azul; de ellas descendió un resplandor de Gracia, la música de la fiesta había quedado atrás.
“Maestro, nadie me ha tratado como tú; nunca te he olvidado desde aquel día, y entonces supe que el Cielo no es una leyenda”, comentó Magdala.
Y había olor de azucenas en el ambiente; en ese momento, ella tenía rostro como de ángel.
**RVQ**
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