Madame Bovary (1857) – I


Créditos: Revista Carátula
Gustave Flaubert, Francia: 1821-1880

Hay claros vasos comunicantes entre «Don Quijote» y «Madame Bovary». Una temprana información dice que, en el colegio de Ruán donde Flaubert se hallaba interno, encontraba sosiego en las “lecturas apasionadas del «Quijote»”. Es fácil inferir, además, que la novela de Flaubert es la versión femenina del famoso hidalgo de Cervantes. Ambos personajes acaban confundiendo la cotidiana realidad con los mundos de la ficción leídos en las novelas: de caballerías, en el caso de don Quijote; y románticas, en madame Bovary. El final de las dos obras es el que ‘corresponde’ (“Yo soy yo y mis circunstancias”): a don Quijote, en su lecho de muerte tranquila en su aldea natal, le acompañan su fiel Sancho y los seres queridos; a madame Bovary, soportando los abrasadores dolores del veneno, en una casa que ya no le pertenece, le acompaña el esposo, que ignora todo.
Antes de continuar con la reseña de la novela, me permito refrescar en los lectores la historia, en un apurado resumen: Emma Rouault, hija del modesto granjero Berteaux. Recibió educación de señoritas en un convento; allí lee a escondidas libros que le llenan la cabeza de ilusiones y sueños de ardientes pasiones, y una vida llena de felices acontecimientos. Del convento sale para casarse con él bueno e ingenuo doctor Charles Bovary. Pasa poco tiempo, y ya siente que todo lo soñado se derrumba. Cae enferma, y cambia de ambiente; se trasladan a Yonville, cerca de Ruán. Asiste a bailes elegantes, que le exacerban la imaginación; y la vida al lado del marido se le hace mezquina. Se muestra rebelde, anhela aventuras, y ensaya un amor efímero con el jovencito León, que pronto se marcha a Ruán a estudiar; la vida matrimonial sigue siendo de insatisfacción y aburrimiento. Conoce a Rodolphe Boulanger, un dandy aprovechado y dado a los placeres; viven días de arrebatada pasión, Emma cree materializados sus sueños. Le propone a Rodolphe que huyan, pero este se asusta y la abandona. Emma se enferma y pasa por una crisis de misticismo. Recuperada, asiste a un baile en Ruán y se encuentra con León, ahora abogado y más atrevido. Se vuelven a enamorar; Emma hace gastos en viajes y regalos; y compromete la austera fortuna del hogar. Endeudada, acude donde Rodolphe y León en busca de ayuda, los dos le dan la espalda. Le queda un camino: el suicidio.
La novela está dividida en tres partes, con sus correspondientes capítulos. Esos tres momentos dan claves para una lectura con base en un procedimiento dialéctico. En efecto, Emma, alimentada de innumerables lecturas, halla razones para, mediante razonamiento, elaborar una proposición: proporcionarse un amor, “en la medida de sus posibilidades, que estuviera de acuerdo con las teorías que ella consideraba como buenas”. Que intenta explicar, desde su imaginario, en una sociedad cuyos valores imperantes son el dinero, la vanidad, los convencionalismos, la hipocresía, la mediocridad…, esperando ser comprendida: «¿No debía acaso un hombre conocerlo todo, sobresalir en las más variadas actividades, para iniciar a la mujer en el mundo de la pasión, en los refinamientos de la vida y en cualquiera de los secretos de la misma?».
La oposición y contrariedad de los juicios (antítesis), no se hacen esperar. Y se manifiestan mediante el dictamen y la censura, en rango de afirmaciones. En efecto, la madre de Charles «se opuso terminantemente a que su nieta se llamara como una pecadora». Y en representación de la sociedad civil, la alcaldesa, increpó con fuego verbal: «–Esas mujeres deberían ser azotadas». Ya se imagina el lector qué otras diatribas caen sobre Emma, en esa sociedad del siglo XIX en donde aún no hay asomos de ética civil.
Para la ‘síntesis’, la suerte está echada. Consciente ya de la mezquindad del mundo en que vive, y avisada de su propia enajenación, Emma le enrostra a Rodolphe: «Durante dos años me has tenido sumida en el más espléndido y engañoso de los sueños». Y comprende que para ella solo el amor sublime era posible: «…posó sus labios sobre el cuerpo del Hombre–Dios. Su beso, depositado en aquella imagen con toda su agónica fuerza, era el beso de amor más grande que diera Emma en toda su vida».
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