M A R G A R I T A
N. Sandoval-Vekarich
El portafolio de Margarita Ariza es de una policromía desconcertante. Nos induce a viajar a través de una anatomía en volcánica ebullición. Lava, piedras incandescentes, minerales que estallan y se descomponen en millares de partículas que irritan los sentidos y hieren la retina. En una serie de secuencias paradisíacas, que ponen pólvora en la sangre, Margarita nos presenta un escenario que va más allá del narcisismo erótico y nos deja perplejos añorando el Jardín de Dios.
Porque no hubo ningún fruto prohibido. El nacimiento de la luz estaba en sus manos. Ella fue el llamado esotérico, el fuego cuando el rayo quedó prisionero y el tiempo calcinó la memoria. El milagro de la penumbra, en las noches de estío, despierta imágenes captadas como una ráfaga a la espera de la presa. Lo ambiguo era la trampa.
Al menos, si no pudo tenerla, buscó en los minerales el color y la forma para acentuar el refugio que podría ser su santuario en las largas noches del invierno. Los matices de la luz que fenece, el juego de la llama y del fuego sobre las paredes de las rocas, los cuerpos que parecen de azufre manchados por el color de la sangre, hacinados al resplandor de las fogatas, la noche que se expande y muere en las hogueras que arden a la intemperie, las bestias a la distancia atónitas ante una frontera que frena y quema el asalto, de alguna manera la plástica venía en ayuda de la memoria, así los desnudos que nos presenta Margarita traen esas lejanas reminiscencias como si ella misma se depositara en un lecho votivo.
El azul del cielo y la tierra bermeja en los cuerpos en reposo, la sombra de la noche en las sombras de la luz que arde en un lascivo declive de amarillos y ocres que se deslizan por el vientre hasta la mancha oscura, tímidamente oculta, son el ocaso, el amanecer y la ofrenda de la mujer que se proyecta en un deseo intangible, la necesidad de la entrega ajena a los compromisos de lo irreversible a las torturas de Tántalo a manos de las vestales sagradas que se transfiguran, en cada acto, ya una Odalisca, una Maja, una Olimpia escondida en los crespones de la alcoba para solaz del hombre que se maravilla ante la desnudez de una hembra frente a los espejos mágicos de la obsesión, Velásquez y Venera, acaso, o bien para desnudar las vírgenes de Filipo Lipi o de Rubens que descubre la atrevida voluptuosidad disimulada por el secuestro, insinuada en la bestia que transporta tan bella carga, mientras Botticelli la rescata del mar. Las madonas del Renacimiento empiezan a ser despojadas por el crudo naturalismo; el realismo les da el ropaje de la imaginación. El espíritu y la materia se convierten en el espectro de un mito que recuerda a las mujeres griegas que exhibían sus torsos con graciosa elegancia. Praxiteles las retuvo en el tiempo tallando mármoles para hacer de ellas diosas, aquellas lejanas y ya exóticas que solamente podían perdurar en la memoria del hombre, la sinfonía que buscó Gaugan incansable en las distantes islas de los mares del sur, rompiendo esquemas, superando una fiebre que consumía sus deseos inhibidos por una civilización atrapada en clichés. Entonces el arte tuvo necesidad de regresar a las manos de aquellas que, en las más hondas caricias del estío, supieron guardar la semilla cuando el cazador las atrapaba, en un deseo inconcluso, en los rasgos sinópticos de las figuras que las mujeres, en sus ratos de ocio, trazaban sobre las rocas imaginando las hazañas de los hombres, dueñas en su anonimato del misterio de la gestación, de la magia hecha sortilegio para que los duendes cayeran transfigurados en las redes que, con sus cabellos tejían, para preparar las trampas de los cazadores nocturnos.
El arte no tiene reglas fijas, la vida que lo alimenta no anda sobre ruedas ni transita por la misma trocha. Habrá siempre un genio innovador para salvarlo de la monotonía de lo cotidiano, bien se puede decir, admirando los desnudos de Margarita, que la memoria no es un pozo de olvido, quizá fuente del reciclaje del bagazo que nos viene del pasado, que no se retransmite fielmente, se enriquece en su camino de diversas experiencias, reaparece con otros símbolos, con otros conceptos del color y de la luz, la impresión femenina se identifica con su retina, se independiza de los moldes masculinos, es muy propia de su psiquis, ya no es el objeto de placer y veneración que el hombre retiene en actos de fetichismo como las vírgenes raptadas, es ahora audaz en su propia expresión, en la reivindicación de su propio cuerpo hecho cántaro sagrado, una ofrenda de íntimas renuncias para los ojos capaces de ver más allá de todas las gamas que en si son un mensaje esotérico, desprovisto de la pasión. Algunos poetas y músicos la clasifican como un poema sinfónico, pero en estos desnudos que vienen desde mucho tiempo atrás despojando a las vírgenes de los vistosos ropajes del Renacimiento, del realismo clásico impreso en las esclavas blancas que se entregan en Delacroix, hasta el impresionismo, a través de las travesuras de Matisse, de Monet, de Degas, quizá el mismo Lautrec que provoca disparos de erotismo en las danzantes del cancán La mujer en las manifestaciones del arte se libera de sus inhibiciones, su lenguaje poético, sin perder elegancia y pudor, es procaz, se atreve a presentarse con una óptica personal quizá para acentuar aun más el misterio que acompaña su congénita razón de hembra dueña de su propio universo, de ese secreto mundo suyo en que se ofrece sin quitar el último velo que deja para que lo haga el elegido. Tú eres poesía, le dice Bécquer. Al Rashid amanecerá en sus brazos rogando porque no llegue la aurora, pero ella danza velo tras velo en ese embrujo abrasador de Ravel, en esa vorágine sensual de la Scherezada de Rimski Korsakov.
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Éxtasis, fiebre, pasiones ocultas en una confusión de optrias, un deseo intrínseco de revertirse como un caleidoscopio, no se ven en esos vértices, ángulos y esferas acto diletante alguno, porque el inconsciente guarda todo aquello que más le atrae, así sea en la morbosidad de los naifs de las Antillas o en aquellas delicadas figuras que se esconden en las mantas de los indios quechuas. Margarita es un eco que proviene de las transmutaciones de los grandes maestros, en «Hacia el cielo» encontramos algo de Raol Dufy o de Albert Gleizes, una conjunción de colores que alborotan la imaginación, pues ningún arte es espontáneo, en él, sin que lo sepa el propio artista. El espectador ve lo que su imaginación individual refracta, mucho más allá de lo que el ojo pueda detectar porque ya en el cerebro quedó rota una ventana para que puedan entrar las guacamayas con toda la pedrería de «Pelea de Gallos» de Armando Villegas, hasta el mismo Tamayo se encuentra dispuesto a reafirmar que no se puede hacer pintura original sin conocer a los grandes maestros, además toda obra es producto del amor y no una vana supervivencia como en ese maligno juego de Bosch, quizá al deslumbrarnos con «Nudo» o «Rojo Circular» presenciamos el “Concierto de Mozart” o una “Mujer en el Piano”. Tampoco es Picasso ni Robert Delaunay. Hay líneas geométricas y colores que van mucho más allá de la forma para convencernos que no se trata de un «Espejismo», aun cuando así quisiéramos creerlo si observamos con cuidadosa atención «Mujer Paisaje» que remite a una «Muchacha bajo el árbol». Tal vez pueda algo provenir de Tamayo, de August Macke o de la altivez de los muralistas mexicanos que obtuvieron de los códices mayas y aztecas toda la policromía que los caracteriza. Margarita tampoco ha podido ser inmune a esa latente experiencia propia del continente americano donde todo lo imposible adquiere rasgos de un realismo mágico. Está ella allí fugitiva de su propio azar pero no ausente del dolor sensual que matiza su temperamento de azules y ocres diversos, rojos diluidos hacia un fondo negro, tizna el lienzo con provocativas sombras que compiten además con la cabellera oscura y los miembros dispuestos en una sorpresiva entrega del acto creador en una sucesiva secuencia volcánica de cuerpos, colores y figuras. Hay mucho de «Esperanza», mucho de «Recogimiento» en ese afán de romper los compromisos, de lanzar su barca en un desafío a las tempestades. Todo esto en ella es un preámbulo porque en ese «Nocturno», a la espera del amanecer que está por llegar, en ese juego sutil situado más allá de los sentidos, se ha depositada entera como una diosa en su propio altar.
N. Sandoval-Vekarich
Enero 5 de 2005
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