Luz Amparo lo perdió todo en segundos

Luz Amparo lo perdió todo en segundos
Cuando el reloj marcaba las 4:50 de la mañana, el estruendo interrumpió la rutina de Corinto. Un carro bomba explotó frente a la panadería Súper Tolima, un local ubicado junto al parque central del municipio, donde cada mañana el olor a pan recién horneado marcaba el inicio del día. En cuestión de segundos, ese aroma fue reemplazado por humo, vidrios rotos y polvo.
Luz Amparo Hincapié, su propietaria, recibió la noticia por teléfono. Una vecina le avisó: “Luz, el carro bomba estalló en tu panadería”. Ella colgó. No quiso decirle nada a su esposo y salió a pie. Caminó rápido. Desde la mitad del parque ya podía ver lo que quedaba del negocio. Vitrinas destrozadas, maquinaria en ruinas, la fachada hecha trizas. “Me acabaron con todo”, recuerda.
La panadería, según relata, no era solo un lugar de trabajo. Era el sustento de su familia y la fuente de ingresos que sostenía el tratamiento de su hijo, en condición de discapacidad y también víctima del conflicto armado. Hoy, sin ese ingreso, no hay certezas. Solo preguntas.

Valoradas entre 180 y 200 millones de pesos, las pérdidas materiales fueron totales. Pero hay pérdidas que no se pueden calcular: la confianza de los vecinos, el esfuerzo de años, la clientela que preguntaba por su pan crema, uno de los productos más recordados por quienes alguna vez pasaron por allí. “Me dicen que mi panadería era la más bonita”, repite con un dejo de orgullo y tristeza.
Antes del atentado, Luz ya sentía que el negocio agonizaba. “Estamos en cuidados intensivos”, decía. Las ventas habían caído más del 70 %, los enfrentamientos eran frecuentes y en el techo ya se veían los huecos de bala. Aun así, seguía abriendo. Cambió turnos, recortó personal, resistió mientras pudo.
Hoy no sabe cuándo podrá volver a levantarse. “No sé cuándo, no sé cómo, pero en el nombre de Dios, así va a ser”, dice. Pide al Gobierno nacional que no la olvide, que mire hacia Corinto, ese “pueblo chiquitico” que, insiste, está lleno de gente trabajadora, humilde y buena.
“No soy nacida acá, pero soy corinteña. Aquí la mayoría no está en la guerra. Solo queremos vivir, trabajar y seguir adelante. ¿Qué más nos queda?”, concluye.
Su testimonio no es solo el de una comerciante golpeada por la violencia. Es el de una comunidad que, a pesar del miedo, no se entrega.



