LOS RAROS


«Que lo más parecido al infierno es una junta de vecinos de un conjunto residencial»- escribió alguien en Facebook.
El zaperoco que se armó en la pasada reunión del conjunto residencial donde vive el tío de mi prima, esposa de mi cuñado, estuvo bueno y les comparto el cuento. Todo comenzó cuando el abogado del conjunto, un facho gordo que se cree la mamá de los pollitos -porque tiene título universitario- que levanta el mentón como los emperadores para hablar mirando por encima del hombro en un gesto de vulgar superioridad (muy de moda entre los abogados de pacotilla), dijo que el conjunto se nos estaba llenando de “raros” y era necesario legislar sobre ese “macabro” asunto.
Al principio nadie entendió, pero cuando explicó que se refería a los adventistas, los anarquistas, los enfermos, los viejos y los maricas, todos en la asamblea quisieron callar su estupidez y falta de tacto, pero nadie dijo nada. Es más, no faltó quién dijera en voz bajita para risita de pasillo que el raro era él. Y lo confieso, estuve apoyando el grupo de los que sentimos vergüenza ajena por sus opiniones. Ese día, la mayoría nos mirábamos moviendo la cabeza de un lado a otro, alzando los ojos al cielo como diciendo “Dios mío, no es justo que los estúpidos existan en el siglo XXI, y peor aún que pidan la palabra para ponerse en evidencia”.
El abogado se refería a su preocupación al ver en las zonas comunes tanto viejo tomando el sol, como si la vejez fuera una enfermedad contagiosa y lo fueran a infectar de arrugas; a un señor enfermo que una vez a la semana debe salir en ambulancia del conjunto; a un grupito de cuatro adolescentes que han tomado la bandera de la anarquía para buscar su identidad vistiendo de negro y reuniéndose a montar tela colgándose de un árbol como cirqueros; a un gobernador indígena que viene los fines de semana a visitar a su hija con vara de mando, sombrero, mochila y ruana; a un muchacho que los sábados madruga a prender su equipo de sonido para escuchar música, según el abogado: música para gays, como si la música se pudiera clasificar en esos términos y los sonidos lo fueran a contagiar de homosexualidad; a las cuatro familias adventistas que lo irritan por su disciplina para adorar a Dios. Mejor dicho, a maricadas.
Convivir es un asunto fregado. Pero convivir con gente intolerante es peor. Pero vea la paradoja, así como a él le caen mal los viejos a mí me cae mal su personalidad de facho. Pero la diferencia está en que el abogado quiere legislar para desaparecer a los raros, mientras que a mí su rara estupidez me parece normal y soy capaz de convivir con su palabrerío de niño necio. Luego en el pasillo me decía una señora que entre todos los diferentes, el peor de todos es el estúpido, el falto de sentido común, el intelectual bruto, el orgulloso necio. Y que viva en el conjunto y sea nuestro vecino no me parece malo, y que viva de manera equivocada y ande estrellándose contra todo el mundo no es mi problema. Allá él. Y salvo sus opiniones de la vida, no me incomoda para nada. Es más, gracias a su estúpido modo de pensar, todos en el conjunto de mi prima somos más conscientes de la gente especial que vive a nuestro alrededor. De lo malo, mirar lo bueno.
Y traigo a cuento el asunto, porque me parece que todos, en mayor o menor medida, somos raros para el otro. Una ciudad, es un conjunto de gente distinta una de otra, pero en la medida que todos tengamos propósitos de vida comunes, esas diferencias se vuelven fortalezas.
El ser humano ha evolucionado tanto, que hoy en día, la inteligencia humana ya nos permite entender que todos somos diferentes, disparejos o anormales frente al otro, y esas diferencias humanas nos complementan unos a otros para luchar o emprender asuntos comunes.
Atrás quedaron las ideas de matar al otro, excluir o declarar al otro enemigo por su color de piel, su tendencia sexual, o creencias religiosas o políticas. En la media que yo respete al otro como él me respeta a mí, o que el otro me respeta como yo lo respeto, podemos convivir sin problemas. No es fácil, pero hemos probado en mil escenarios del mundo, que se puede.
Nos demoramos dos mil años pero lo entendimos. La diferencia entre una persona y otra, es buena, necesaria y se puede convivir con ella, y hasta los estúpidos merecen respeto y podemos convivir con ellos.
Pero, bueno, la verdad es que hace falta un poco de educación al respeto. En la media que logremos hacer pedagogía sobre el asunto, que todos entiendan la evolución del hombre, que modernicemos nuestros criterios e ideas sobre el otro, podemos vivir mejor en esta ciudad de Dios, en éste país del Sagrado Corazón.



