Los que prometen destruir.

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Existe una extraña fascinación por la fuerza.
A lo largo de la historia, algunos gobernantes han creído que el poder consiste en amenazar, intimidar y aplastar a quien se interponga en su camino.
Hablan con tono desafiante, prometen castigos ejemplares y presentan la confrontación como una demostración de liderazgo.
Sin embargo, la realidad suele encargarse de recordarles que el poder tiene límites.
La reciente confrontación entre Estados Unidos e Irán dejó una lección que trasciende las fronteras del Medio Oriente.
Durante meses se escucharon discursos grandilocuentes sobre imponer condiciones, doblegar adversarios y demostrar superioridad.
Pero cuando el humo de los bombardeos comenzó a disiparse, la realidad volvió a ocupar su lugar: las guerras son fáciles de comenzar y difíciles de controlar.
Hay un dicho popular que resume una sabiduría que algunos líderes parecen olvidar: al que está quieto se le deja quieto.
Quienes creen que todos los problemas pueden resolverse mediante la fuerza terminan descubriendo que la resistencia de los pueblos, la complejidad de la geopolítica y las consecuencias económicas tienen un peso mayor que cualquier discurso pronunciado desde un podio.
Pero esta reflexión no se limita a los conflictos entre naciones.
También aplica a ciertos personajes de la vida pública colombiana que han hecho de la agresividad su principal herramienta política.
Son figuras que parecen incapaces de sostener una discusión sin recurrir a las amenazas, a los insultos o a las frases altisonantes que buscan arrancar aplausos de sus seguidores.
Se han puesto de moda expresiones cargadas de violencia. Algunos hablan de «dar de baja», prometen «responder como corresponde», mientras no faltan quienes utilizan frases aún más brutales, como si la política fuera un campo de batalla y no un espacio para debatir ideas. Pareciera que la agresividad verbal se ha convertido en una credencial de liderazgo.
Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.
Quien necesita amenazar para hacerse escuchar demuestra la fragilidad de sus argumentos.
Quien necesita insultar revela la pobreza de sus ideas.
Y quien sueña con destruir a sus adversarios termina confesando, sin darse cuenta, su incapacidad para convencerlos.
La historia está llena de personajes que se sintieron invencibles. Hablaron con arrogancia, prometieron derrotas definitivas para sus enemigos y se imaginaron a sí mismos como dueños del destino.
Pero el tiempo terminó reduciendo aquellos discursos a simples ecos de soberbia.
Porque la verdadera grandeza no consiste en destruir. Consiste en construir. No consiste en humillar al contradictor, sino en demostrar con hechos que se tiene razón.
No consiste en sembrar miedo, sino en inspirar confianza.
Quizás por eso las palabras violentas envejecen tan mal. Mientras los insultos se olvidan, permanecen las ideas. Mientras las amenazas se disuelven en el aire, sobreviven las obras.
Y mientras algunos siguen prometiendo destrucción, los pueblos continúan esperando líderes capaces de ofrecer algo más que rabia.
La fuerza puede imponer silencio durante un tiempo.
El miedo puede producir obediencia momentánea.
Pero ni la fuerza ni el miedo han logrado jamás construir una sociedad justa.
Por eso conviene desconfiar de quienes convierten la amenaza en discurso y la violencia en espectáculo.
Porque tarde o temprano la realidad les recuerda una verdad que atraviesa todas las épocas y todas las fronteras: quien vive prometiendo destruir suele terminar enfrentándose a los límites de su propio poder.
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