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domingo 9 octubre, 2016 a las 7:46 pm

Los platillos voladores y la paz

alienigenas
Alfonso J. Luna Geller
Por Alfonso J. Luna Geller

Trazando una visión panorámica por aquel país ubicado en el extremo noroccidental de América del Sur, puede notarse que el resto del mundo no entiende cómo, a pesar de estar a punto de acabar con un ciclo de violencia de 60 años, haya gente que se oponga y siga atravesada al logro de un sueño de paz y de progreso, que todo el mundo quisiera.

En aquel país, hoy con unos 49 millones de habitantes, 6.4 millones de personas dijeron No a los acuerdos que ponían fin al conflicto con el más cruel y sanguinario enemigo ¿incomprensible, no?; allí, más de 22 millones de personas que podían decidir no quisieron votar, se declararon indiferentes a su futuro, y al exterminio social. En aquel país, donde las últimas generaciones no saben qué es vivir en paz, se desató una guerra con soportes políticos, primero contra el Estado y luego, cuando perdió su ideología, entre hermanos, todos contra todos, ya sin una justificación política sino por ambiciones económicas, de supervivencia y detrás de un poder, que desde entonces ha regido a sangre, fuego y demagogia, los destinos del país.

Por eso, iba a titular esta columna ¡País de cafres!, pero me di cuenta de que estaba descubriendo el agua tibia, como decía mi abuelita, que en paz descansa, y vi que ese encabezamiento lo han utilizado “un millón” de veces desde cuando el expresidente, jurista, ideólogo, filósofo y político liberal Darío Echandía, quien por su rectitud moral fue llamado la «conciencia jurídica de la nación», lo utilizó por primera vez para referirse a ese país bárbaro, sin educación y cruel; a esa comunidad desordenada, irresponsable y altanera que optó por la peor manera de convivir, la violencia, y que no quiere salir de ella.

Ese país, rodeado por Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador, Panamá y el océano Pacífico, se fue convirtiendo en una recua de personas desorientadas y atemorizadas como consecuencia de una mala educación sometida a un sistema corrupto, que a todos controla con puestos, prebendas, favores, contratos, dádivas, auxilios; un país donde la “cultura” enseña que lo malo no es aquella rosca sino estar fuera de ella; y una dirigencia civil agazapada en su zona de confort financiándola. Por eso, entonces, decidí titular esta columna “La ignorancia supina”, porque todos los sistemas operantes en cualquier sociedad parten de la educación, pero en este país se moldeó la “educación” para la supervivencia del sistema prostituido; creí que ese epígrafe identificaba mejor a la generalidad de esas 22 millones de personas que no votan, que no deciden, y tal vez, a quienes les siguen en sus hogares porque aún no pueden ejercer derechos ciudadanos. Como decía el maestro Echandía: “…Mutilados mentales, un país de cafres y así es evidente que no podemos continuar porque todos los hombres de una sociedad no se pueden esconder en los oscuros laberintos de la cobardía, el miedo y la temeridad…”

La ignorancia supina nos caracteriza, porque ni siquiera admite un debate o una reflexión; en las redes sociales solo insultos van de aquí para allá y en sentido contrario, porque además de esa educación que nos brindan, es evidente la negligencia para aprender o inquirir lo que puede y debe saberse y por eso la ignorancia, siempre, consigue matar a la gallina de los huevos de oro. ¿Y por qué las mayorías son ignorantes? Por miedo. Pura y exclusivamente por miedo. La ignorancia es tan cómoda que eliminarla es todo un trabajo, hay reaccionar o accionar sobre algo y eso es mucho esfuerzo; da miedo y pereza salir del sistema que impusieron, o que les muevan el piso. Lo diferente, lo nuevo, lo inesperado, tiende a verse como algo peligroso y amenazante. Por eso, como la mano supina, la que se tiende con la palma hacia arriba cuando se mendiga, cuando se espera que todo venga de arriba, la ignorancia caracteriza a aquel país, que también limita con Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Jamaica, Haití y República Dominicana, en el mar Caribe.

Es una epidemia, tal como quedó nuevamente demostrado el 2 de octubre pasado. Aquellos que se empeñan en permanecer en una actitud de ignorancia con respecto al conocimiento de las cosas del mundo, no tienen dudas, no reflexionan, no tienen actitudes prudentes, son manipulables, prefieren no cuestionar nada; se limitan a seguir como corderitos al pastor (aunque el pastor sea un lobo disfrazado) y la respuesta a casi todas las preguntas es “porque sí”, “porque tiene que haberlo”, “las cosas son así, qué le vamos a hacer”, o “dejémoslo así”, y lo peor, es que creen que son listos… Por eso mismo se tragan cualquier mentira o falacia y la convierten en norma de vida, produciendo el fanatismo, fácilmente convertible en doctrina, racismo e intolerancia dirigidas, casi siempre, por intereses de poder. Martin Luther King dijo: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”; y Simón Bolívar: “Un pueblo ignorante es el instrumento ciego de su propia destrucción”; aunque Benjamin Disraeli dio una luz al sentenciar: “Ser consciente de la propia ignorancia es un gran paso hacia el saber”… ¡Pero, hay que ser conscientes!.

Bueno, pero al fin titulé este escrito “Los platillos voladores y la paz” porque a pesar de 8 millones 100 mil víctimas, 225 mil homicidios, 87 mil desparecidos y más de 7 millones de desplazados, florecen la ira y la sed de venganza. Y no entiendo eso; concibo mejor los platillos voladores con visitantes alienígenas, que por su origen extraterrestre pudieran resolver esto, porque ni todo el mundo con Premio Nobel a bordo, vencerán por ahora la ignorancia supina de aquel país, que sueña vivir en paz, pero no lo dejan los comerciantes de pesadillas, como en un mundo paranormal donde falsos razonamientos, tergiversación de la evidencia, negación de la información relevante, causan persistente fascinación en el imaginario popular.

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