LOS OTROS ACUERDOS


PAZ ANAYA
Toda la atención se dirige a los diálogos de La Habana, con el fin de apoyarlos o criticarlos; ambas posiciones convierten este escenario en eje de la atención nacional, si bien es cierto la información sobre su desarrollo es primordial para motivar la intervención de la sociedad, también lo es que esconde la afectación de otras violencias diferentes a las ocasionadas por la subversión, entre otras, las generadas por el mismo Estado, por sus debilidades en los costos de sus actuaciones y en el poco cubrimiento de sus objetivos.
El significado de llegar a acuerdos con la principal organización subversiva del país, busca se acepte al Estado, desmantelando las estructuras guerrilleras que generan violencia, con la cual se cuestiona su legitimidad, por ello ocasiona desconcierto que mientras se dan los diálogos, no se avance en la construcción de la paz; arrecia la criminalidad de cuyas secuelas se van colgando otra serie de circunstancias que desestabilizan el logro de los fines establecidos en la Constitución, como enunciado formal de la nacionalidad y que afectaran de manera grave el buen desarrollo de los acuerdos.
Los diálogos giran en torno a lo político, pasando por lo económico y social, por ello hay infinidad de aspectos que bien valdría ir tratando en encuentros locales, regionales y nacionales, a modo de estratégica del pueblo colombiano, para que todo no aparezca, como acordado en la negociación de La Habana y porque si fracasan los procesos no se sufra la frustración total del Caguán.
Reafirmar y dar fuerza a la Constitución de 1991, a la jurisprudencia de las cortes, a la doctrina de la academia, a las expresiones participativas de la población materializadas en manifestaciones y protestas, en busca de mejores condiciones de justicia y equidad y exteriorizadas no solo con estas formas de convulsiones, sino en las múltiples revelaciones de la inteligencia que brotan en el arte, la literatura, la música, la pintura, el folklore, como gritos infinitos de los deseos de la vida.
Se debe contribuir a precisar el futuro de la Nación, definiéndonos en lo que nos caracteriza como grupo humano, aceptando que somos iguales siendo diferentes, estableciendo las ambiciones y como las queremos hacer, confirmando la organización del Estado que soñamos, acordando los ingresos tributarios y no tributarios para tratar de equilibrar las regiones y sus habitantes, y ajustar en serio los modelos para prestar los servicios esenciales de salud, educación, medio ambiente, movilidad, recreación y deporte, todo sobre la base de condiciones para a través del trabajo obtener los ingresos correspondientes.
Los otros acuerdos versan sobre las múltiples cosas pequeñas que ahogan cotidianamente a las personas, y que con seguridad no ocuparán la agenda de La Habana, porque esas necesidades no deslegitimizan al Estado y tampoco interesan a la subversión, por cuanto aun siendo las causas de sus inicios, hoy hay otras razones que se han convertido por sus dimensiones en otras prioridades.
La actividad diaria está saturada de atropellos a los ciudadanos, pero ni el Estado ni la comunidad las ha señalado como infracciones o como malos comportamientos, es el mundo de las complicidades alcahuetas, se han aceptado como situaciones culturales, pero su repetición no solo ofende sino que lesiona la dignidad de las personas, porque se han impuesto por quienes tienen la posibilidad de cargar a otros el peso de sus intereses.
Necesario colocar en discusión el cinturón que aprieta a los sectores catalogados como clase media, las mitad de la población del país, con propensión a desaparecer, sin los recursos para acceder a las posibilidades de los ricos, a la vez sin poder anotarse en los programas asistencialistas del gobierno, sin una sola consideración, por lo general urbanizados y sometidos a una existencia de sobrevivencia, sujetos de todos los aparatos de tributación y victimas de todas las delincuencias.
La comunidad arrea sus expectativas al soportar a las bandas criminales, que van haciendo estragos, ante las cuales, más allá de la lucha policiva, se requiere una actuación integral que incluya el rechazo social y mano firme, para generar seguridad y confianza.
Muchas de estas violencias cotidianas, están, por ejemplo, en los contratos de adhesión de los tiquetes de viaje, en los condicionamientos impuestos por las operadoras de los servicios privatizados, en las colas para pagos bancarios o de servicios, en el tratamiento de la enfermedad o del dolor sometidos a lejanas citas de atención, en las pérdidas de tiempo y de costos por los trancones de la inmovilidad, en el agotamiento ecológico, en las oportunidades construidas sobre comportamientos mafiosos o corruptos, que inclusive extorsionan las normas de la libre empresa y del mercado, en fin, en todas esas aparentes cosas pequeñas sobre las cuales se edifican las murallas de la inequidad y que constriñen y desesperan el comportamiento normal de los individuos.



