Los nuevos mandatarios


Ahora que ya solo quedan los ecos de la reciente contienda electoral del pasado 25 de octubre, vale la pena sacudirse un poco del júbilo inmarcesible, fruto de la victoria de unos y del atolondramiento ocasionado por la derrota padecida por otros, para echar un vistazo, adelante en el futuro mediato.
Votos más o menos, los partidos que se juntaron para refrendar, en las pasadas elecciones presidenciales, el proceso de diálogo emprendido entre el gobierno Santos y la insurgencia colombiana, nuevamente aventajan a los sectores que no comparten o no entienden este proceso de paz. Esta ventaja nos indica que nuevamente la mayoría de la población colombiana que vota, desea que este camino prosiga de manera inexorable y que se ratifique mediante la firma del acuerdo de paz entre la guerrilla y el gobierno colombiano.
Sin embargo, hay que repetir de manera incesante, que la firma de este acuerdo no significa la llegada instantánea de la paz a nuestro territorio, sino que es apenas el primero de muchos pasos que se tienen que dar para resolver todos y cada uno de los distintos conflictos sociales, económicos y políticos que aquejan a nuestra ‘Matria’. No basta con la sola firma, se necesita de la decisión valiente de buscar los caminos de la inclusión, la equidad, la justicia social y la reconciliación entre todos. Este espacio de búsqueda y de recorrido ahora se le llama postconflicto o pos-acuerdo.
Muchos creemos que el escenario del posconflicto debe estar en las regiones, se debe edificar desde lo local y que es allí en donde debemos empezar la senda de la construcción de una verdadera paz duradera pero con real justicia social y económica. Escrito lo anterior, es obvio que la responsabilidad de emprender esta ruta y de liderarla, recae en los recién elegidos mandatarios locales y regionales, con el acompañamiento y la veeduría de los concejos municipales y las asambleas departamentales.
Es claro que, más allá de que tal o cual mandatario, concejal o diputado hayan sido avalados por tal o cual partido, deben estar por encima de las mezquindades de la tradicional y milimétrica repartición burocrática, tienen que ponerse el traje de colombianos y empezar a visualizar lo local y lo regional en el contexto del pos-acuerdo de La Habana, tienen que dejar de atenerse a la repartija local de los podercitos y los puesticos, para mirar en el horizonte de mediano y largo plazo la forma adecuada para brindarle a todos los pobladores de los territorios en que fueron elegidos, las condiciones y las oportunidades para acceder al Buen Vivir.
Sí, suena a lugar común, a frases de cajón, a idealismos, a buenas intenciones, suena a arar en el mar, pero quienes creemos que ya es tiempo de arriesgarse por la paz, no podemos dejar de entonar una y otra, y muchas veces más, estas letanías del buen gobierno y de la justicia social, esa debe ser nuestra razón de ser. Nos corresponde llamar la atención de los recién elegidos sobre estas y muchas otras cosas más, que los de a pie, los que vivimos del fiado esperamos de ellos.
Como cada cuatro años, aspiramos y esperamos que los nuevos gobiernos pasen del dicho al hecho, que esas promesas electorales se vean plasmadas en los planes de desarrollo, en las pequeñas y grandes ejecutorias, en el cemento y en el ladrillo, pero por sobre todo en el bienestar de los ciudadanos, en los moradores del campo y en los eternamente excluidos. Esperamos, como cada cuatro años; que la sabiduría popular tenga una vez más la razón, que estas escobas nuevas barran bien, pero que lo hagan durante todo su período y no solo en el breve espacio post-electoral, que, como se dice coloquialmente, se den la pela y se deshagan de esos pequeños reyezuelos enquistados en la burocracia, que brillan por su ineficiencia, por su injusticia, por el desdén con el que tratan al soberano que directa o indirectamente los puso a trabajar allí y que les paga su sueldo. Sí, es mucho soñar, pero la paz en que creemos y que queremos se empieza a construir a partir de esas pequeñas cosas, con el ejemplo de los gobernantes y con el coraje de un soberano que no cohoneste más con el clientelismo y la corrupción.
Sí, es mucho pedir.



