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Jueves, 15 de octubre de 2026

Los ídolos también tienen pies de barro.

James Rodríguez y una joven admiradora

Imagen por: https://chatgpt.com/Stella Ramírez G.

La fama suele construir altares peligrosos.
Convierte futbolistas en intocables, artistas en semidioses y figuras públicas en seres aparentemente superiores al resto de los mortales.
Pero la realidad siempre termina imponiéndose: los ídolos también tienen pies de barro.
La soberbia ha sido, históricamente, el inicio de muchos derrumbes.
Porque cuando alguien empieza a creer que está por encima de la gente que lo admira, deja de entender el verdadero sentido de la grandeza.
Lo ocurrido con James Rodríguez no es un asunto menor por tratarse de un simple saludo negado.
El problema no es político; es humano. Frente a él no había una dirigente, una rival o una figura de poder. Había una niña que se acercaba con admiración, con la emoción inocente de quien ve en un jugador de la selección un motivo de orgullo nacional.
Y sí, esa niña es Antonella, hija del presidente Gustavo Petro.
Pero reducir el episodio a la política revela precisamente el nivel de fanatismo y deshumanización al que hemos llegado. Hay quienes aplauden el desprecio simplemente porque el gesto iba dirigido hacia alguien relacionado con el presidente.
Como si la cortesía tuviera ideología. Como si la educación dependiera del color político.
Resulta paradójico que muchos de los mismos que exigen respeto para sus figuras públicas celebren la humillación cuando el destinatario pertenece al “bando contrario”. Ahí es donde el deporte deja de unir y empieza a contaminarse de odio.
Un verdadero grande no necesita compartir ideas políticas para ofrecer una sonrisa, un apretón de manos o un gesto amable a una niña.
La grandeza no se mide solo en goles, títulos o contratos millonarios.
También se mide en la capacidad de conservar la humildad cuando millones lo observan.
Porque el público puede levantar ídolos muy alto, pero también aprende, tarde o temprano, que nadie está por encima de la decencia básica.
Y cuando la arrogancia reemplaza la humanidad, comienza el verdadero descenso.


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