Los desapegos de la política


En épocas electorales, cuando la oferta de candidatos no satisface, es común escuchar la posibilidad de hacer efectivo el voto en blanco como actitud de rechazo e inconformismo ciudadano; pero hay quienes sostienen a la vez, que el voto en blanco difícilmente es rentable porque para que gane hay que hacer campaña, invertir recursos económicos y humanos y así, no habría condiciones para ejercer esta tarea. Otra alternativa que se suele proponer, es votar por los menos malos ante la alternativa de no saber por quién debido a que ninguna candidatura llena las expectativas de la gente; situación que se ajusta a aquello que del ahogado aunque sea el sombrero que resulta inconveniente porque eso sería casarse con la persona que no se quiere y que no le brinda la más mínima confianza. Otra alternativa es no votar, abstenerse de escoger entre las opciones establecidas por los partidos y movimientos políticos; lo cual no está bien visto por muchos, porque ello implicaría que los demás decidan por uno. Por lo tanto, la situación es dilémica.
En Colombia es consuetudinario que triunfe el abstencionismo que en ocasiones ha llegado al 75%, resultado que desdice de una verdadera democracia que presupone el consenso y es así que terminan gobernado unas minorías en provecho de minorías. El abstencionismo electoral es una demostración clara del desencanto de la política y de lo político.
La madurez política de los pueblos se concibe dentro de unos parámetros que les permita a los asociados participar activamente de las decisiones gubernamentales y en los beneficios de las acciones del poder. El pueblo, considerado el constituyente primario, debe estar revestido de una adecuada preparación intelectual que le signifique actuar con relativo acierto en los asuntos de interés público.
En una verdadera democracia, los gobernantes no son más que unos simples comisionados para obedecer o acatar la voluntad popular. Los buenos gobernantes se identifican con las aspiraciones y requerimientos del pueblo. Saben de dónde vienen y para dónde van. Improvisan poco y aciertan más. No actúan en contravía de quienes han depositado en ellos la fe y la esperanza en un futuro mejor.
Gobernar es poder cohesionar a un pueblo en objetivos comunes. Ello significa que quien gobierna debe caracterizarse por un liderazgo que haga sentir a los gobernados un compromiso permanente con todas las cosas que les atañe. Sólo en este sentido se pueden también compartir responsabilidades. Cuando no existe liderazgo los fracasos siempre terminan acorralando a los gobernantes. Decidir y actuar a espaldas de la gente son errores que se pagan muy caro. Dan lugar a la peor crisis que es la pérdida de legitimidad del poder. El pueblo termina pensando que no tiene gobernante mientras los problemas crecen y las soluciones escasean.
Así como el pueblo debe estar preparado intelectualmente para actuar con relativo acierto, los gobernantes deben estar preparados en el arte de gobernar. Un gobernante sin preparación intelectual es un gran robo. Como en todos los artes y oficios, para gobernar hay que saber. No se trata de sabérselas todas, de estar a la altura de los verdaderos sabios al estilo platónico, sino de interpretar las necesidades y demandas de la población y actuar con prontitud, tino y mesura salvaguardando siempre el interés público. Lo que no se puede obviar es el hecho de que el buen gobernante debe ser estudioso, juicioso, crítico, autocrítico y contar con sentido de previsión. Debe estar asesorado y rodeado siempre de los mejores, de los más estudiosos, de los más comprometidos, de los más capaces, de los más abnegados, de los más éticos, etc.; es decir de aquellos ciudadanos poseedores de una serie de virtudes que les permita contribuir con éxito al logro de una buena administración. Saberse rodear es cuestión de tino y de sabiduría.
Asunto muy escaso en las administraciones “modernas” caracterizadas más por el clientelismo, la burocracia, el amiguismo, el nepotismo, etc. que por utilizar la política como un servicio público. En un país como el nuestro -con algunas excepciones- acceder a los altos cargos mediante criterios meritocráticos no deja de ser una utopía. De ahí tanto vicio, tanta patología y tanto desacierto. Por eso lo que debiera ser público termina privatizado, lo que debiera ser ético termina viciado, etc.
Da grima ver en no pocas dependencias oficiales una partida de ineptos e incompetentes. La falta de liderazgo en algunos municipios y regiones resalta a la vista. Esto inevitablemente ha contribuido a la carencia de una cultura política democrática, al deterioro del nivel de vida de la población, a no pocas violencias, a la pauperización de la sociedad y al desencanto de la política. No pocos candidatos se circunscriben aparentemente a prepararse para ganar las elecciones pero a leguas demuestran que realmente no están preparados para gobernar.



