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Sábado, 3 de octubre de 2026

Lo que nos dejó la COP16

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Lo que nos dejó la COP16
Lo que nos dejó la COP16

Los beneficios inmediatos los ganó en imagen positiva tanto el país, como el Valle del Cauca y principalmente Cali, que en los casi 15 días de programación en las zonas verdes y azul, según el presidente Petro, recibió ingresos extras por cerca de $112.000 millones y catapultó su promoción como centro de inversiones y turismo, reviviendo de paso el espíritu cívico, que hace décadas caracterizó a sus habitantes, achicopalados después del impacto destructivo y sicológico que para la ciudad significó el estallido social durante el gobierno de Duque.

A manera de una gran feria dispersa por el boulevard del río, las plazas de Caicedo, San Francisco y diferentes sitios de Cali, departamentos como el Cauca organizaron atractivos pabellones y entidades públicas y privadas aprovecharon para promocionar sus programas ambientales, mientras numerosos microempresarios, procesadores de alimentos y artesanos, exhibieron y vendieron sus productos.

Además de los indígenas fueron reconocidas las comunidades afrodescendientes como protectoras de los ecosistemas amenazados.

Mientras la “dana” arrasando los alrededores de Valencia, España, nos recordaba que el calentamiento global no es un invento de los ambientalistas, y causaba entre muertos y desaparecidos más de 300 víctimas; los dirigentes e industriales de las potencias contaminantes y grandes consumidoras de minerales y recursos naturales provenientes de países como el nuestro, enfocan sus presupuestos en desarrollar nuevas armas ofensivas y defensivas para futuras guerras y se apresuran a ensayarlas en conflictos regionales como las guerras de Ucrania, Gaza y el Medio Oriente.

No asistieron representantes de los Estados Unidos que no se ha vinculado a la COP.

 Se hicieron los locos delegados de los países más ricos y contaminantes, que, con sus crecientes demandas de oro, cobre, coltán, litio y otros minerales, son los principales promotores de la destrucción de selvas en la Amazonia, el Choco biogeográfico, el África y sus ríos y océanos con su biodiversidad amenazada. También principales beneficiarios gratuitos de la biotecnología y secuencias genéticas derivadas de investigaciones clandestinas realizadas en selvas y océanos de países tropicales como Colombia.

No llegaron a consensos concretos la hora de cumplir las promesas de compartir con los países biodiversos una mínima parte de las ganancias de los productos industriales, alimenticios y farmacéuticos obtenidos de investigaciones realizadas en ricos ecosistemas tropicales como el nuestro.

También, quedaron pendientes miles de millones de dólares para detener el creciente “genocidio” y exterminio de especies vivas y ofrecieron migajas en comparación a los 700.000 millones de dólares que desde la anterior COP15, celebrada en Montreal, Canadá, habían prometido invertir hasta el año 2030.

El consuelo fue que para Colombia y países latinoamericanos anunciaron varias de ellas que hay que esperar y gestionar que no se queden en promesas, como por ejemplo los 20 millones de dólares anunciados por Noruega, cifras importantes prometidas por Alemania y 300 millones de dólares en créditos a bajos intereses anunciados por el Banco de Desarrollo de América Latina, (CAF) para programas de protección a la biodiversidad amenazada en Colombia y varios países vecinos, en ecosistemas estratégicos.

Semanas antes de la inauguración del evento, en departamentos como el Cauca y en Popayán, los organizadores promovieron asambleas y reuniones para que comunidades urbanas y rurales discutieran sus problemas ambientales y plantearan posibles soluciones.

Así, los habitantes del Macizo Colombiano, la bota caucana y la costa Pacífica, volvieron a denunciar la amenaza que se cierne sobre sus bosques, ríos y tierras aptas para la agricultura, por las numerosas licencias aprobadas desde los gobiernos de Uribe y Santos, para que multinacionales exploten a gran escala oro y otros minerales, mientras los mineros ilegales acaban con el curso y la vida de los ríos y junto a los procesadores de coca contaminan suelos y aguas con sus residuos, a la par que los grupos armados que se lucran de los negocios amenazan, desplazan y matan a líderes indígenas, afros y campesinos que se oponen a estas actividades y a que les recluten a sus hijos adolescentes.

Los efectos negativos de monocultivos como el de coca, pinos y eucaliptos y caña de azúcar salieron a reflote, al igual que la destrucción de bosques, humedades, fuentes de agua y demás alteraciones al ambiente causadas por la explotación irracional de los suelos y urbanización ilegal.

Afortunadamente, no prosperó la descabellada idea de algunos empresarios que pretendían declarar el monocultivo de la caña de azúcar, como patrimonio ecológico y paisajístico de la región. Aunque se registró un anuncio positivo por parte de ASOCAÑA, acerca de la futura protección de corredores biológicos a lo largo de las orillas de los ríos que surcan el Valle del Cauca desde Quilichao al sur hasta Cartago al norte.

En Santander de Quilichao desde antes de la realización de la COP16, un grupo de ambientalistas, pajareros y algunos funcionarios de la administración municipal vienen insistiendo en la consolidación efectiva de una zona de protección al bosque semi seco tropical de “Monte Japio”.

Como resultado concreto del espíritu ambientalista despertado por las COP16, es de esperar que se pongan de acuerdo: el municipio de Santander de Quilichao que declaró como zona de reserva natural  la finca Esmeralda, los indígenas del cabildo Muchique-Los Tigres, propietarios de las haciendas Japio y San Vicente, que destinaron un sector para protección boscosa de “Monte Japio; la Agencia Nacional de Tierras, ANT, que durante el gobierno de Duque compró la finca La Esmeralda sin estudios de suelos  previos y sin consultar con los indígenas a quienes iban a entregárselas; los grupos de ambientalistas y avistadores de aves; las universidades e instituciones educativas de Quilichao; la CRC y el ministerio del Ambiente, para que al fin, se consolide esta franja principal de aproximadamente 1.000 Hectáreas, como una zona de educación y protección del bosque semiseco tropical que sirve de intercambio entre especies vegetales, de mamíferos, aves, insectos y microorganismos del piedemonte de las cordilleras central y occidental y el valle del Cauca que las separa.

Con mayor razón cuando COMFACAUCA, en área vecina, acaba de inaugurar el complejo acuático, deportivo y recreativo de “Caña dulce”, que también sembrará especies nativas en sus instalaciones, lo que consolidaría una importante zona boscosa, de protección, educación ambiental, ecoturismo y recreación para los habitantes de Santander de Quilichao, el norte del Cauca y sur del Valle.

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