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Sábado, 3 de octubre de 2026
viernes 17 febrero, 2012 a las 9:59 pm

¡Llegaron los carnavales!

Gloria Cepeda Vargas
El sábado 18 de febrero empezaron formalmente los carnavales en Venezuela. Las rutas aéreas y terrestres se llenaron hasta el tope, los pasajes se agotaron y por primera vez en el año Caracas asomó con su carita de niña feliz.
La tradición de estas fiestas “del exceso y el desenfreno”, como las calificó más de una voz admonitora, llegaron con la conquista y devinieron hacia 1878 en fastuosas fiestas y aires cosmopolitas de la mano de los delirios parisinos de Antonio Guzmán Blanco para después, con Pérez Jiménez al timón, hacerse inolvidables en los acordes pegajosos de la Billos Caracas Boys, la mejor expresión parrandera de la Venezuela de los años cincuenta, que al grito de: “¡En el Ávila es la cosa!” se “soltaba el moño” en los elegantes salones del Hotel Ávila o en los bailaderos de San Juan.
Era la época del fandango, la zapa, la mochilera que le metían “como es” a los retozos carnavalescos de Carúpano, Coro, Maturín, Cumaná y El Callao, los más famosos, con su calipso traído por inmigrantes antillanos y la Negra Isidora (Isidora Agnes, ya fallecida) reconocida activista cultural y social de la región del oro, siempre en pie de guerra, “cambimbiando” al compás de la Ambakaila, para mantener la tradición carnavalesca de ese lugar parido entre los desmanes de la selva y los raudales del Orinoco.
Entre los años cincuenta y sesenta apareció en Venezuela uno de los personajes típicos de esas fiestas: la negrita de carnaval. Rafael Viso la describe así en sus Crónicas de “El Nacional” (1965): “Con sus monos negros muy ceñidos bajo los cuales colocan a veces prendas de ropa íntima, entran provistas de antifaces, corriendo, gritando, agarrando hombres, cimbreando el cuerpo o revolcándose, las famosas negritas que en esta época del año pululan en los centros nocturnos de diversión. Flacas, gordas, viejas y jóvenes, se embriagan con sus elegidos para iniciar un entretenido ritual del amor pasional al compás de la música”. Bajo las complicidades del antifaz, más de un marido infiel fue atrapado con las manos en la masa y más de una esposa resentida se desquitó con creces. Fueron la más pura expresión de un libertinaje denostado allá y complaciente acá: “Vente mi negrita, mi refistolera/ carato de acupe, cintura de mar/ ven con tu negrito, con tu “querre querre”/ la vida se viene, la vida se va”.
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