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Lunes, 12 de octubre de 2026

Les duele que Petro no haya sido humillado

Les duele que Petro no haya sido humillado

Extensión clínica del análisis:
cuando el acceso también comunica

Les duele que Petro no haya sido humillado
Imagen: @GustavoPetro
Isabel Borrero Ramírez
Por Isabel Borrero Ramírez / Psicóloga clínica / Especialista en psicología social y comunicación no verbal

En psicología social del poder hay algo básico que conviene recordar: el cuerpo habla, pero el acceso también.

El lugar, el protocolo y la forma en que alguien entra a un escenario comunican tanto como una postura o una mirada. Y no, no lo hacen en metáforas amables: hablan en jerarquías.

Durante más de un año se construyó un relato muy específico sobre Petro. No fue solo crítica política; fue deslegitimación personal sistemática. Presentarlo como descontrolado, irracional o peligroso cumple una función psicológica clara: preparar al público para un desenlace concreto, uno donde el otro llegue debilitado, corregido o humillado.

Por eso la expectativa era tan precisa. La ultraderecha colombiana no esperaba un encuentro normal; esperaba una escena correctiva, casi pedagógica. Un momento donde el poder “pusiera en su sitio” al adversario. Cualquier cosa distinta a eso iba a ser leída como anomalía.

Y la anomalía ocurrió.

No solo no hubo gestos corporales de sometimiento, como ya quedó claro en el análisis de comunicación no verbal, sino que tampoco hubo castigo simbólico, restricción protocolaria ni escena pública de control. En psicología del poder, eso tiene un nombre técnico: reconocimiento funcional de estatus, aunque incomode aceptarlo.

Los datos son simples y difíciles de esquivar:

  • el presidente que “iba a ser aislado” entró sin visa,
  • el que “no era confiable” no figura bajo sanción,
  • el que “iba a ser puesto en su lugar” no fue expuesto a ningún ritual de subordinación.

Este conjunto no habla de afinidad ni de amistad. Habla de algo más frío y más real: interlocución válida. Se dialoga con quien cuenta, no con quien se va a anular.

La firma que aparece en la foto es coherente con todo lo anterior. Es breve, emocional y políticamente neutra. No hay exigencias, no hay advertencias, no hay tono de tutoría. Desde el análisis del discurso, eso indica algo muy claro: no hay relación disciplinador–disciplinado. A quien se busca corregir no se le deja recuerdo; a quien se quiere humillar no se le dedica un gesto privado.

Por eso el malestar posterior de ciertos sectores no es solo ideológico; es psicológico. Se había hecho un diagnóstico basado en deseo, no en conducta observable. Se esperaban cuerpos encogidos, incomodidad visible, tensión extrema. Nada de eso apareció. Se esperaba castigo. No llegó.

Y cuando el cuerpo, el acceso y el protocolo contradicen una narrativa repetida durante meses, lo que aparece no es un debate sereno, sino disonancia cognitiva.

No falló la foto.

No falló el análisis corporal.

Falló la lectura psicológica previa que necesitaba ver a alguien arrodillado para sostener su propia narrativa.

Dicho de forma sencilla y clínica a la vez: cuando la predicción fue humillación y el resultado fue acceso sin visa, trato sin sanción y cuerpos regulados, el problema no estuvo en el liderazgo, sino en la dificultad de algunos sectores para distinguir pensamiento complejo de indisciplina y ausencia de sumisión de debilidad.

En psicología del poder, cuando no ocurre la humillación que se daba por segura, no hay milagro ni traición.

Hay algo mucho más incómodo: una realidad que no obedeció al deseo de quienes llevan años esperando ver a Petro reducido, corregido o desautorizado.

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