LAS ELECCIONES, UN DEPORTE OCASIONAL
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Con los mismos ojos de niño veo hoy lo mismo que el ayer bastante lejano, cómo el Gobierno convoca a elecciones a los ciudadanos. Mi padre, maestro de escuela, conservador laureanista, asistía a “concentraciones” políticas en La Palma, Pacho, Susa, Villagómez. Le daban platica para viáticos y… mucho trago. Generalmente le tenían listo un caballo para formar cabalgata y dar la sensación de fuerza y ruido. Como un edecán, me llevaba en su correría y me tocó ver de cerca la misma pantomima de hoy.
Siempre los políticos han pregonado al pueblo y sacado pecho para decir que salir a votar es un “derecho y un deber sagrado” y que dar el voto por un fulano es la manifestación más pura de la democracia.
Llamar a elecciones en Colombia es como fijar la fecha para un partido de Millos con Santa Fe o de Nacional con Medellín o de Colombia contra Perú, y luego esperar que llegue el día y salir con banderitas a decir que nuestro equipo es el mejor y que el marcador será 3-0, a favor de nuestro candidato. No importa en qué cancha sea, quien defienda o meta goles o autogoles, los directivos nunca aparecen. Solo reciben los dividendos. Nunca dan declaraciones. Solo lo hacen los jugadores o los técnicos para disculparse o para elogiarse. El presidente da su aval, hace un guiño, obsequia una bandera y desea buena suerte desde el balcón a los “muchachos”.
En fin, la organización de unas elecciones, la selección de los candidatos, el guiño, la bandera de diferente color, el desenfado de los caciques que se atrincheran y miran desde lejos es toda una parodia de lo que ocurre en el deporte. Con la diferencia de que a la competencia en el deporte no se le llama expresión democrática. Aunque los árbitros podrán decir si allá también se dan los fraudes a la hora de dar los fallos, como ocurre ahora en Italia.
Que si fueron cuatro mil o 40 mil o 100 mil al estadio, que si se recogieron mil millones en taquilla, que si hubo lesionados y si hubo empates o si hubo trifulca y la cancha fue sancionada, que si hubo penalti y el árbitro no lo cobró o aquel jugador estaba en off side. O que si se perdieron las papeletas, que si se trastearon los votos, o no se cerró el arca triclave, o que si no se cumplía el umbral, o no tuvo el aval, que si el nivel de abstención llegó al 60% o que si hubo el 2% de votos en blanco, que si el jugador estaba inhabilitado o le habían mostrado las tarjetas amarillas y no podía estar en la lista.
Llega “el día señalado” y suena el himno nacional, habla el señor alcalde y empieza el juego llamado democrático. Rumban el dinero que ponen los empresarios, las multinacionales, la TV, el tamal y la recepción final en el salón del club o del hotel. Todo es igual. ¿De qué hablamos? ¿Del día de las elecciones o el del partido? Da lo mismo. Al otro día vienen el guayabo, las quejas, las fotos, las declaraciones, las demandas, las copas en alto de los que “ganaron”.
Y el pueblo en la calle se apedrea, se duele, grita de contento, quema las banderas, maldice de los “técnicos” que manejan la “democracia” y hasta proponen que haya elecciones para que los candidotes voten en blanco por ningún candidato. Pobre democracia, pobre Rousseau, pobre pueblo soberano, por el juego sucio que se plantea en la cancha propia.
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