Las memorias de Felipe Solarte


Las memorias de Felipe Solarte
En algún día de julio de 2015, camino a la EPS, me crucé con Felipe “Pipe” Solarte Nates en la esquina de la calle 3ª con carrera 5ª en pleno centro histórico de Popayán. Era un poco más de las 7:00 a.m. Allí estaba Pipe, de pie todavía, mirando la puerta clausurada de la Librería Macondo, antiguo refugio de bohemios y librepensadores, la mayoría de ellos utópicos reformistas de una imaginaria arcadia nacional.

Este casual encuentro tuvo un especial significado para mí, que a la sazón era más un conocido que amigo de Pipe; pero que conocía muy bien su afición por el trago. Fue un encuentro fugaz y triste: Pipe me pedía los 1.000 pesos que le faltaban para completar la media de aguardiente, y a cambio me ofrecía un ejemplar ajado de El provincial del Cauca, un “cadapuedario” del cual era director y vendedor mano a mano. Fue el último que le compré porque después de aquél día no lo volví a ver. No sé si fue porque se marchó a algún centro de desintoxicación, o porque mis idas al centro se habían espaciado bastante, en razón del ruido multicolor reinante en el corazón histórico de la ciudad. Pero desde ese impensado encuentro la memoria del Pipe se me asociaba al hondo pesar de un destino irreversible, trágico.
En julio de 2016, el escritor y docente universitario, Felipe García Quintero, pasó por mi casa y conversamos durante hora y media; entre sus proyectos estaba el “taller de escritura” en el Banco de la República, “y esta vez el énfasis va a ser la crónica”. Tiempo después me enteré por Felipe García que Pipe, que era de los más disciplinados asistentes al taller y que estaba escribiendo con febril ritmo sus crónicas. Este Felipe Solarte cronista es el hombre nuevo. Porque también me dijo García que Pipe había dejado el trago, y que su decisión era radical.
De ese hombre nuevo nos llegó un primer libro: “Relatos en busca de título”, y al año el segundo: “Cantaleta al difunto” (2017). Éste, un libro de relatos, pero también de testimonio (documental escrito). En efecto, la primera parte de “Cantaleta” es la reconstrucción memoriosa de la entrada paramilitar en Valle y Cauca, hasta extenderse por todo el sur occidente. Cuidando de que esa parte del libro no cayera en panfleto, Felipe Solarte apoya cada noticia, cada testimonio, cada masacre, en fuentes históricas: noticieros de radio, televisión, periódicos, juzgados, fiscalías, universidades, testimonios de víctimas y victimario. Todo sustentado con fechas, y hasta la hora de las audiencias. Es tan serio este trabajo, que los académicos e historiadores tendrán allí una fuente fiable para escribir la historia regional comprendida desde 1999 y 2004, en el pico más alto del conflicto, hasta los Acuerdos de La Habana.
La segunda parte del libro son relatos, cortos de una página y largos de siete. El estilo es directo y en muchos momentos coloquial. El lenguaje está despojado de pretensiones literarias, aparte de una que otra línea figurada: “A lo lejos, los picos nevados de las montañas más altas refulgían con la luz del sol y el vuelo de las aves le indicaba que sus temores no eran tan apocalípticos, a pesar del tétrico ambiente y el mortecino olor que dominaba el paisaje”. Si hubiera que mencionar alguna influencia literaria, habría que hablar de un realismo áspero, donde no faltan las obscenidades.
Especialmente revelador de la sensibilidad de este escritor caucano es su apego de raíz al suelo nativo. En efecto, Santander de Quilichao está presente todo el tiempo, como si nunca hubiese salido de esa patria mínima. Las picardías escolares, que hacen recordar algunas aventuras de Tom Sawyer; el despertar erótico, unas veces gozoso y otras traumático; las personas principales del pueblo en el marco de la plaza y la muchachada irreverente que esconde su identidad en un variopinto surtido de apodos y alias. Y el prodigio de la memoria de Pipe para traer nombres de personas y lugares. Por eso y otras razones, el título de este comentario. “Cantaleta al difunto” es un libro de 140 páginas, en rústica edición, que se publicó gracias a Ediciones Popayán Positiva.
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