LAS MÁS CARA


Es hora que el país comience a buscar los verdaderos culpables de este desmoronamiento de que somos víctimas y que permite hacernos pensar que los tres pilares de la república, el legislativo, el ejecutivo y el judicial cayeron en el remolino chupador de las tarifas por sus ejecutorias. Y si hay un responsable de este despiporre acelerado ya son muy pocos los que vacilan en aceptar que la gran culpable fue la Constitución del 91. Esa carta magna que nos rige desde cuando César Gaviria y Humberto de la Calle la impusieron en una asamblea que presidían Serpa, Navarro y Gómez Hurtado, es la constitución más cara que ha tenido este país. La Carta del 91 ha conseguido que las finanzas del estado vivan en permanente déficit por una razón sencillísima, llenó de responsabilidades al estado y nunca hay plata con que cumplir todo lo que ella obliga.

Pero la Constitución del 91 hizo empero algo mucho más grave. Le entregó el gobierno a los jueces y lentamente, año tras año, los jueces con la tutela, la Constitucional con sus fallos y el Consejo de Estado con mañas y la Suprema emitiendo fallos políticos, consiguieron convertir en poder rentable su ejercicio legal hasta el punto en donde hoy hemos llegado. En otras palabras, si bien la Carta del 91 nos dio alguna ventajas en la participación estatal al ciudadano común y creó la Fiscalía y se repletó de oficinas públicas, es mucho mayor el daño que le ha causado a la República que las ventajas que de ella hemos obtenido. Y cuando un país sabe qué le hace daño, trata de desconocer o de cambiar. O el caos o un nuevo orden. Es decir, a la Constitución del 91 le llegó la hora de ser revocada.
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