LAS DOS MÁS GRANDES OBRAS DE UN PRESIDENTE COLOMBIANO


La una fue de carácter material, la otra, intelectual: un Canal y una Serenata, respectivamente. De la primera fue su principal artífice; de la segunda, su único y soberano autor.
Ya muchos lectores pueden haber adivinado que el referido Canal es el de Panamá.

El presidente José Manuel Marroquín vendió a Panamá en 1903; en complicidad con Rafael Reyes (entre otros); quien eludió su responsabilidad de retomar el istmo con el ejército, tal como se lo ordenó el congreso y lo exigía la protesta popular.
Muchos consideran que la pérdida de Panamá fue la tragedia más grande de la historia nacional.
La segunda, Serenata, es un lúdico poema, que nuestro premio Nobel (el de literatura, por supuesto) solía recitar de memoria.
Aquí va el poema del célebre bribón, felón y humorista colombiano, José Manuel Marroquín Ricaurte (Bogotá, 1827 – Bogotá, 1908):
LA SERENATA
Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que, albando la toca,
las altas suenas campanas,
y que los rebuznos burran
y que los gorjeos pájaran,
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan,
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidos viertas
cual yo lágrimo derramas,
yo, friando de tirito,
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.
Tú, en tanto, duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así, burla,
de las amas del que te ansia.
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Oh, persiane un poco la abra,
y suspire los recibos
que este pecho exhalo amanta!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
y que un milicio de músicas
me flauta con su acompaña.
En tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada,
ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Estas tus arcas son cejos
con que, flechando disparas,
Cupido pecha mi hiero
y ante tus postras me planta;
tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla;
tu cisno es como el de un cuelle,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de una anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas.
Así cantaba Calixto
a las ventanas de Carmen,
de Carmen, que, desdeñosa,
ni aun se acuerda de olvidarle.



