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Domingo, 18 de octubre de 2026

Las alarmas del Puracé exigen respuestas preventivas inmediatas

Volcán Puracé recuerda que las tragedias también se anuncian Las comunidades del resguardo indígena de Puracé viven hace casi un...

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Las alarmas del Puracé exigen respuestas preventivas inmediatas

Volcán Puracé recuerda que las tragedias también se anuncian

Las comunidades del resguardo indígena de Puracé viven hace casi un mes bajo alerta naranja. Escuchan bramidos, sienten temblores, reciben ceniza sobre sus casas, sin rutas de evacuación definidas, sin albergues en condiciones adecuadas y con las fuentes de agua contaminadas por la ceniza volcánica, sin capacidad logística ni respuestas suficientes. Colombia ya conoce el precio de llegar tarde.

Alfonso Luna Geller

La ceniza cubre el piso de la escuela que hoy funciona como alojamiento temporal en el corregimiento de Puracé, Cauca. Un aguacero basta para inundar el salón por los dos costados. El volcán que da nombre a este territorio permanece en alerta naranja desde el primero de agosto, según confirmó el Servicio Geológico Colombiano (SGC), y las emisiones de gas y ceniza alcanzan niveles que no se registraban desde 1993. Hace apenas unos días Colombia sintió la fuerza de la tierra en el terremoto del 10 de agosto, que golpeó el suroccidente del país y que, según el más reciente balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, con corte al 24 de agosto, deja 331 personas muertas y 240 desaparecidas. En Puracé, entre esas dos alarmas, una comunidad entera pregunta si alguien está escuchando.

Una de las frases recogidas por el periodista Juan Sebastián Pérez durante el recorrido de Proclama del Pacífico resume el sentimiento de varias familias: “Nosotros no tenemos para dónde irnos”.

La frase se repite en cada vereda que bordea la Cadena Volcánica de los Coconucos, y explica el estado de ánimo de miles de personas que conviven, noche tras noche, con los bramidos de una montaña que los abuelos ya describían como una advertencia.

La reportería realizada en Puracé encontró comunidades que conocen la amenaza, autoridades indígenas que han organizado respuestas propias, fuentes de agua afectadas por ceniza y azufre, alojamientos temporales insuficientes y una vía que serviría para evacuar a la población y que sus habitantes describen en malas condiciones.

La ciencia mantiene la vigilancia. La prevención tiene que avanzar al mismo ritmo.

Armero sigue hablando cuarenta años después

Colombia ya recibió una lección muy dura. El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz derritió parte del hielo y la nieve de la montaña. Una enorme avalancha de agua, lodo, piedras y escombros descendió por los cauces de los ríos y sepultó a la ciudad de Armero. La tragedia dejó alrededor de 25.000 muertos, según el recuento utilizado como antecedente para esta investigación.

Los científicos habían advertido el peligro con meses de anticipación. Las autoridades locales postergaron la orden de evacuación. Buena parte de la población confió en que la tragedia no llegaría hasta sus casas y el país carecía de un sistema de alerta temprana capaz de traducir la advertencia técnica en una acción a tiempo. La imagen de la niña Omaira Sánchez, atrapada en el lodo durante tres días ante las cámaras del mundo, se convirtió en el símbolo de esa omisión y empujó al Estado colombiano a crear el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, antecesor de la actual UNGRD.

Cuarenta años después, la pregunta que dejó Armero sigue vigente en el territorio del Puracé, en el oriente del Cauca.

Y padecimos la tragedia del río Páez, en 1994. El terremoto del 6 de junio desprendió parte de las estribaciones de la Cordillera Central y desencadenó una avalancha que afectó principalmente comunidades nasa. El material recopilado para este trabajo estima en unas 1.100 las personas fallecidas.

La memoria debería servir para anticiparse. Puracé está rodeado de una geografía que conoce los terremotos, los deslizamientos, las avalanchas y la actividad volcánica.

Lo que dice la ciencia sobre el Puracé hoy

Las alarmas del Puracé exigen respuestas preventivas inmediatas

El Puracé figura entre los volcanes históricamente más activos de Colombia. Sus explosiones quedaron registradas desde 1849. En 1949 una erupción cobró la vida de 16 estudiantes que se encontraban de excursión en la zona. En 1977 se registró la última erupción de magnitud considerable y desde entonces el volcán permaneció bajo vigilancia continua del Servicio Geológico Colombiano.

El 19 de enero de 2025 el Complejo Volcánico de los Coconucos cambió de comportamiento. El Curiquinga, tercer cráter de la cadena, abrió una fisura de cerca de 340 metros que lo conecta con el Pan de Azúcar y con el propio Puracé. Esa noche, hacia las once, el sistema expulsó cerca de 10.000 toneladas de dióxido de azufre que las corrientes de aire llevaron hacia el suroccidente, afectando los resguardos de Paletará y Coconuco y depositando ceniza sobre Popayán. Desde entonces el volcán registra emisiones diarias de gas y ceniza, y el primero de agosto de este año el SGC elevó la alerta de amarilla a naranja al detectar cambios en los parámetros sísmicos y una persistencia en las emisiones que no se veía desde 1993. La entidad mantiene esa alerta activa en sus reportes más recientes y llama a las comunidades y a las autoridades territoriales a extremar la preparación.

Vivir bajo el bramido del volcán

Quien camina por las veredas altas del resguardo escucha lo que la comunidad llama «bramar»: un ruido profundo, comparado con el paso de camiones cargados, que sacude los árboles y que antecede a los temblores. «Eso es como que si viniera algo por dentro de la tierra», describe un habitante que subió hace poco más de una semana hasta cerca de la cumbre. Las noches se volvieron largas, dice, porque el sonido no deja dormir.

El agua cambió de color y de olor. El río Vinagre, que nace en la falda del volcán, baja gris y con un fuerte olor a azufre, y ya no sirve para el consumo humano ni para el ganado. El río Anambío, que antes corría cristalino y surtía la represa de la zona, arrastra ahora arena y sedimento volcánico en cantidades que antes no se veían. Ambos cauces desembocan, tras su recorrido, en el río Cauca, la principal fuente hídrica del suroccidente del país. Las autoridades indígenas advierten que, ante una emergencia mayor, la lava, el lodo y las rocas bajarían precisamente por esos cauces hasta alcanzar la cabecera municipal de Puracé y Coconuco, arrastrando a su paso los puentes que hoy conectan las veredas con sus parcelas.

La contaminación golpea también la economía campesina. Los cultivos y el ganado, la principal fuente de ingreso de estas familias junto con el turismo, presentan afectaciones directas por la ceniza y por el agua contaminada, según constató este medio durante el recorrido.

Doña Melba, habitante de la zona, resume el efecto físico de la ceniza mientras señala una irritación en uno de sus ojos. Usa tapabocas y gafas desde hace semanas y explica que la exposición constante ya le dejó una lesión visible. «Yo sí quiero que le pongan la mano en el corazón y que no nos dejen en el olvido», pide.

Rutas que no existen y un albergue sin condiciones

El resguardo indígena de Puracé no cuenta hoy con la capacidad instalada para afrontar una emergencia mayor. El hospital de la zona presenta agrietamientos derivados del sismo de agosto, al igual que la infraestructura de la antigua galería y del colegio. «Ya nos pasó un temblor y no hubo capacidad de respuesta», advierte una autoridad del cabildo. «Si hubiese una erupción en este momento, tampoco tendríamos la capacidad de respuesta. No estamos preparados a nivel logístico y no tenemos las rutas de evacuación definidas».

El presidente del cabildo indígena precisó a este medio que el territorio dispone hoy de 20 carpas, ampliables a 30, con capacidad para cuatro personas cada una, una cifra que apenas cubre a una fracción de la población en riesgo. El punto de alojamiento habilitado, la escuela del corregimiento, carece de baterías sanitarias adecuadas para las familias campesinas que llegarían con ellas mismas, sus botas y sus animales, y un aguacero corriente ya demuestra sus filtraciones. «Con un evento grave del volcán no estamos en el sitio adecuado que debía ser el albergue», reconoce el propio líder comunitario. La consecuencia es previsible, muchas familias prefieren quedarse en sus casas antes que trasladarse a un refugio que no ofrece condiciones dignas.

La vía nacional que conecta Popayán con el corregimiento de Puracé, la única ruta de salida disponible en caso de una evacuación masiva, se encuentra en estado deplorable pese a los requerimientos reiterados que las autoridades del cabildo han elevado al Instituto Nacional de Vías. Popayán queda a 30 kilómetros en línea recta del volcán, pero el trayecto por carretera hasta la zona más expuesta suma cerca de 50 kilómetros de vía sin el mantenimiento que exige su función como corredor de emergencia.

Desde lo propio, la comunidad organizó una respuesta parcial. El CISPI, el sistema de salud propia del territorio, opera una casa de la salud donde se preparan remedios encaminados a proteger los ojos y las vías respiratorias frente a la ceniza. El programa de Derechos Humanos del Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, entregó insumos agropecuarios y alimentos para las veredas más golpeadas, entre ellas El Alto, Hispalá, 20 de Julio y Campamento. Son medidas comunitarias, sostenidas con recursos propios, mientras la institucionalidad de nivel departamental y nacional define su respuesta.

El llamado urgente a las autoridades

Las comunidades del resguardo de Puracé son enfáticas al señalar dónde recae la responsabilidad de lo que pueda ocurrir si el volcán cambia de comportamiento. Corresponde a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, a la Gobernación del Cauca y a la Alcaldía de Puracé activar y financiar un plan de contingencia real, con rutas de evacuación trazadas, señalizadas y conocidas por cada vereda del territorio. Corresponde al Instituto Nacional de Vías intervenir de manera urgente la vía nacional que conecta a Popayán con el corregimiento, la única salida viable en caso de emergencia. Corresponde al Ministerio de Salud y a la Gobernación reforzar el hospital agrietado y garantizar que el punto de alojamiento temporal cuente con agua, saneamiento y espacio suficiente para la población que hoy vive en zona de alto riesgo. Corresponde al Ministerio de Ambiente y a las autoridades ambientales del Cauca, CRC, monitorear y atender la contaminación de los ríos Vinagre y Anambío, que hoy compromete el consumo humano, la ganadería y, río abajo, la cuenca del Cauca.

Nada en este territorio permite anticipar cuándo ni si el Puracé llegará a una erupción mayor. La ciencia todavía no lo determina y el Servicio Geológico Colombiano insiste en que una alerta naranja exige preparación, no certeza de catástrofe. Pero el país ya conoce el costo de esperar la certeza para actuar, Armero lo demostró en 1985, Popayán en 1983, el río Páez en 1994, y el propio suroccidente colombiano lo acaba de repetir el 10 de agosto de este año.

El Puracé no pide que le teman. Pide que las autoridades regionales y nacionales lo entiendan, que escuchen a la ciencia que lo monitorea y a las comunidades que llevan generaciones bajo su sombra, y que conviertan los compromisos anunciados en rutas trazadas, albergues dignos y una vía transitable antes de que la montaña decida por ellas. Esa es la alarma que Puracé, Coconuco, Cauca, envía hoy, y que Proclama del Pacífico deja consignada para que ninguna autoridad pueda decir después que no lo sabía.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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