LA VALENTÍA DEL ARTISTA
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Imagen tomada de internet
A.—Hay cosas en la vida que son tan difíciles de quitar. De ignorar. No es tan sencillo como quitarse la ropa en la noche, antes de dormir. No es como saciar la sed apurando un vaso con agua. Me cuestan algunas renuncias, las del arte, por ejemplo. Esas búsquedas asumidas que terminan necesariamente expuestas ante un observador desconocido. Ese exponerse, mostrarse ante los demás. Y en esencia, la misma búsqueda asumida. La mejor vida para mí, es la que se puede vivir sin condiciones de ninguna especie. Sin obligaciones de por medio, intentando ser alguien, «demostrativo» de un oficio o una condición social asumida y ejercida ante una sociedad que a mi modo de ver es anacrónica, incoherente, superflua. A la deriva, como náufragos que se valen de aparentes salvavidas, meras ilusiones que a la postre son sólo invenciones, caprichos para intentar salvar su propio pellejo.
R.—Nos hemos convertido en analfabetas de la inteligencia. Esperar, cuestionar, atreverse, escandalizar, todo eso es muchas veces necesario en este redil de ovejas en que andamos todos, como caballos con tapaderas al lado de los ojos. Ciertamente no estamos en capacidad de competir con la verdad; la cultura preponderante forma civiles dispuestos a la marcha por el establecimiento, con sus inevitables y ocasionales brotes de rebeldía; se hace caso omiso del individualismo, se le considera un peligro; pero, vea usted, es la masificación de la cultura y la sociedad, que le rinde culto, lo que falsea todos los valores.
A.—¿Has visto los videos de la artista francesa Orlan? Su puesta en escena, sus operaciones quirúrgicas en directo, en torno a la belleza, a esa metáfora del cuerpo ideal, a esos cánones impuestos por la sociedad de consumo, toda esa crítica social que emprende esta mujer con su propio cuerpo como objeto de arte. Ella me parece muy interesante, transgresora, mediática, digamos que comprometida desde su postura de artista y muchos otras definiciones que no vienen al caso. Lo que me parece bastante alucinante, propio de los momentos en que nos ha tocado vivir, es a mi modo de ver, estas discusiones y vetos publicitarios de los cuales se vale esta sociedad de consumo para llamar y reforzar aún más la atención sobre este tipo de eventos, que se vuelven un producto de consumo masivo y con muchos intereses de dinero en el fondo.
R.—Son impresionantes los videos de Orlan; hasta tal punto llega la valentía del artista, esa mano que señala llagas y desmonta truculencias de cultura adocenada con sus maravillas para los mediocres. Y de nada sirve hacerse el de la vista gorda; eso es alimentar el status quo, esa barbarie que sigue rodando eternamente cuesta abajo. Por eso alguna forma de arte es buena toma de conciencia: obliga a abrir ojos, oídos y pensamiento, deja de ser una droga innocua. La existencia nos alimenta, nos da argumentos, nos vuelve soldados en una guerra donde casi todos se esconden cobardemente.
A.—Entre Lady Gaga, Michael Jackson, Madonna, y este tipo de presentaciones, no creo que haya la más mínima diferencia. No sé por qué algunas funcionarias de cultura se prestan para este tipo de promociones banales; o tal vez sí lo sé, creo; es por la banalidad misma. Lo veo todo como un gran show mediático propio de las grandes capitales del mundo, que buscan atraer más público sobre las instituciones de arte, en este caso. Una cosa es esto y otra muy diferente el arte de Orlan. Damien Hirst hizo lo mismo hace algunos años. Haz ruido, grita fuerte, llama la atención… a veces es bueno, positivo; ¡otras veces aún no lo tengo muy claro!
R.—Todo arte que se torna comercial se prostituye; es la mirada donde multitudes alimentan su fuego alienado. Coreografías, maquillaje, vestuario, actitudes, todo es un metaproverbio caído en desgracia, una maldición de los tiempos. Razón tienen quienes, descontentos, voltean la mirada hacia otras representaciones de la estética. Tal vez son los pocos, porque este mundo mediatizado hasta los confines de la sangre es un estrado donde cada quien quiere imponer su grito para alcanzar el éxito. Y en ello va todo escalafón, la gloriosa petulancia que se impone como moda. Eso justifica, en cierto modo, los horrores y escándalos temáticos de algunos artistas de vanguardia como Orlan. Pero yo no tengo la fibra suficiente para ver esos “performances” donde la conciencia queda dolorosamente impresionada por las ventajas de una hiperlibertad en acción, dispuesta a denunciar la farsa de todos los valores.
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