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Viernes, 2 de octubre de 2026
viernes 8 julio, 2011 a las 10:38 pm

LA ÚLTIMA ESTANCIA

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Ilustración: óleo de Rodrigo Valencia Q
Dentro de mí esperaban muy furtivamente las imágenes futuras; estaban inmersas en la oscuridad, aquellas cosas que todavía no había visto pero que serían mi próxima preocupación.
Yo me negaba en un principio; no quería mirar; estaba absorto en las renuncias, en las cosas de otredad, en las indagaciones imprecisas y el deseo de los vacíos infinitos. Mas ahí, en el rincón, el árbol, redondo y con hojas que brillaban como metal, me atraía, aunque con desdén; pronunciaba un nombre que no recuerdo bien, tal vez una melodía entre el alfa y el omega. Mis ojos se cerraban de cansancio, el desvelo de la noche anterior pesaba en mi cuerpo y en mi mente; y los pinceles, abandonados desde hacía bastante, se habían endurecido con el tiempo, se negaban a recibir la gracia o el don de los pintores. Estaban en desorden, arrugaban la tarde y a veces parecían flores huérfanas, sombras pequeñas sin vida, sin palabras ni cantos para el día.
En fin, despierta uno después del abandono, inquiere por la melodía que no se sabe de dónde viene ni para dónde va. El silencio y su grandeza, inmóvil y detenido en la vaguedad del tiempo, se deja violar por la exigencia, por la vida que bulle sin mirar atrás: el reloj de arena se llenaba plenamente, los ojos eran ávidos de formas, y del patio venían las piedras, reunían los arcos coloniales en torno de ellas, y hasta las hormigas dibujaban líneas entre las paredes gruesas, que se confundían en la griseidad de sus voces antiguas.
El lienzo, sin nada aún por encontrar, me dijo poco a poco sus razones y dilemas. No había que pensar tanto; era la expectativa de la libertad, el flujo intemperante entre los nervios y las venas. La modelo me contó sus mil historias, sus enredos para siempre y el deseo de abrumarse con sueños ilusorios. Ella hablaba una lengua blanda, sus ojos nunca parpadeaban; querían asir todos los secretos del instante, querían llenar los míos con su contagio y el tiempo del deseo. Yo miraba lentamente entre los pliegues de las formas, tratando de encontrar el color preciso para cada uno de sus cuentos. Sin embargo, no era necesario esforzarse nada; solamente había que dejarse llevar por la intuición, esa fuerza que abre y cierra los secretos desde siempre y para siempre. Sentía el frío y el calor de los pensamientos que se vuelven nítidos cuando uno los recoge con cuidado; era necesario hacer alguna pausa algunas veces, preguntarle a ella por qué inquietaba mis anhelos de abandonarlo todo, por qué me llenaba de deseos.
Así, acepté que ciertas fuerzas anarquizan los deseos, evocan las luchas a veces necesarias para obligar la vida y las marañas de la existencia, secundan, son trampas para seguir rondando las dimensiones visibles y contables de las cosas. Y entonces tuve que rendirme, pintar apresuradamente entre el sueño y la vigilia, hacer caso omiso de toda lógica y cordura, de todo el absurdo que significa el vivir sin el imperio del deseo. Entonces aparecieron los tachones, las manchas febriles diluyeron las palabras… las puertas y ventanas atajaron el tiempo…
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