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Jueves, 1 de octubre de 2026

LA ÚLTIMA ESTACIÓN

La última estación

La última estación - tren

Siempre llegaba de noche a su casa, después de un largo viaje en una época en que las carreteras estaban como las dejó Simón Bolívar. Aún era joven y corría de vez en vez a Guateque, la población boyacense donde residían mis tíos: Darío Medina y Graciela Orozco de Medina, con sus tres hijos.

Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar

Cuando tocaba tarde la puerta, por una de las ventanas del piso de arriba de la casa del tío Medina, de profesión dentista, se asomaba para verme diciendo: “¡Es Armandito!”.

Entonces todas las lámparas Coleman de la casa se encendían y la tía Gache bajaba las escaleras corriendo para abrirme el portón y diciendo: “Parece por lo flaco que está, que no come hace días”… Dirigiéndose después de los abrazos y besos de saludo a la cocina para preparar una cena al sobrino pródigo.

Darío Medina, era una persona culta poseedor de una buena biblioteca. Una noche mientras fumando su cigarrillo Pielroja, recostados a la baranda del corredor del oso de arriba, que daba al patio sembrado de matas, me preguntó: ¿Tú crees, que hay vida después de la muerte? Seguramente pensando que ya él, por la edad, había cogido carretera.

Me quedé sorprendido ante tamaña pregunta y silencioso pensé la respuesta que no se la di por tenerle que decir que no creía en esas zarandajas religiosas por ser ateo.

La tía era creyente y católica como todo el mundo lo era en aquel tiempo, pero pocas veces la vi ir a la iglesia. No era fanática… Seguramente rezaba de noche en silencio, y a las cuatro de la mañana se levantaba para dar órdenes a gritos como un sargento para que todos nos pusiéramos de pie a cumplir con las labores de la casa. Era una vieja costumbre heredada de su mamá María Isabel en el Chocó, que siempre hizo lo mismo, arriando desde esas altas horas a las empleadas negras para que se pusieran las pilas en los oficios pendientes.

Me gustaría hoy volver a oírla, ver el humo azul viajando hacia la nada del cigarro del tío, el doctor Medina y contemplar aquellos hermosos e inolvidables paisajes del Valle de Tenza, pero el tren que nos llevaba estaba llegando a la última estación de los recuerdos.

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