LA REVOLUCIÓN ERA UNA FIESTA


Aragón fue el que nos desempolvó la cabeza de las ideas traídas de la casa, en ese tercer curso de bachillerato. Recuerdo que nos daba historia universal haciendo énfasis en la cultura egipcia. Y en el faraón iniciador del monoteísmo, logrando una verdadera revolución en el mundo antiguo. Después Abraham, creador del pueblo judío, adoptaría esta creencia.
El popayanejo (1936-2013) era un joven alto, serio, bien vestido, siempre de paño café, camisa blanca de cuello, suéter para el frío bogotano y encorbatado siempre. Escondía detrás de sus gruesas gafas de lector su timidez, y portaba un talante consagratorio como promesa para ocupar cualquier dirección del Partido en Bogotá. Y para elevarlo como uno de sus intelectuales más prometedores en aquellos primeros años de los sesentas.
Por todo esto se le becó, para según nos dijeron, irse a Polonia, a prepararse como cuadro dirigente en uno de los países socialistas europeos. Perdiéndolo para siempre de vista sus agradecidos pupilos. Del joven e intelectual marxista no volvimos a saber nada. Sino muchos años después cuando René Rocha, uno de sus alumnos del bachillerato, contó, que Aragón era el dueño de una nueva universidad, ubicada detrás de la Universidad Pedagógica en la capital colombiana. La cual fundó a su regreso con el nombre de Konrad Lorenz, en un garaje. Como muchos lo hicieron sin decoro, dizque para contribuir con la educación y formación de estudiantes de las clases medias y altas.
No sobra decir, que muchos de aquellos docentes, que a buena hora transformaron las mentes de sus alumnos, convirtiéndolos en comunistas y ateos, lo que buscaban era ascender en las diferentes direcciones regionales partidistas para mejorar su situación profesional y social, económica, personal y familiar, puesto que muchos de ellos provenían de sectores deprimidos, o de provincias colombianas marginadas y discriminadas racialmente, como eran, y lo siguen siendo los departamentos del Cauca y el Chocó, en el Pacífico colombiano.
Al llegar a la ciudad, estos jóvenes con aspiraciones magisteriales, algunos lograban su nombramiento en el Colegio Aurelio Tobón de la Libre, para dictar Ciencias y Humanidades, convirtiéndose casi de inmediato al entrar a sus cátedras en verdaderos activistas ideológicos. Ponían a sus alumnos a vender el periódico del Partido, las boletas de las rifas de siempre, y a pegar carteles con un poderoso engrudo en las paredes, por todas partes, con la información del momento. Motivaban a sus pupilos para que asistieran a los mítines y manifestaciones de apoyo a la Cuba agredida y cercada por un imperialismo agresivo. Pero que tenía su “tatequieto” en la poderosa URSS, que apoyaba al naciente estado y su revolución.
Como presidente de la Libre, estaba Juan Francisco Mujica, que no debía de ser tan viejo como se veía, considerándolo un anciano sus alumnos. Este señor que era magistrado y presidente de la Corte Suprema de Justicia, además era presidente del Ejecutivo del Partido Comunista. Se distinguía por sus frases en sus clases de Filosofía, como cuando decía: “Dicen que soy ateo porque no creo en Dios… acaso yo tengo la culpa de que Dios no exista”. Y el jurista aprobaba o desaprobaba a sus discípulos, preguntándoles: “¿Qué fue primero el espíritu o la materia?”. Y si el examinado contestaba: “¡El espíritu!”, Mujica, enfáticamente le decía: ¡Perdió la materia!
Al profesor Aragón Bateman, le saqué cinco, con un ensayo sobre José María Vargas Vila, el escritor liberal radical del siglo XIX, odiado por la iglesia y el ancestral conservatismo, hasta su muerte en España en 1933. Dejando al final de su testamento la sentencia: “Si mis libros corrompen a la juventud quemad mis libros”.
De esta maravillosa corrupción impartida en la academia por los oportunistas maestros, afiliados al Partido para que les dieran clases y becas, augurando una segura victoria en el mundo del socialismo científico, muchos de sus discípulos se fueron para el monte, como se decía entonces, a hacer la revolución. No sólo por su situación social o convicción teórica, adquirida de la filosofía materialista dialéctica e histórica, sino por perder el año, o porque la novia o la mujer los dejó.
En fin, salidas existenciales, diseñadas para un grupo de resentidos, que por distintos motivos buscaban una solución para sus vidas, con la imitación revolucionaria de aventuras lejanas victoriosas. Con gran optimismo, se iban llevando en el corazón la consigna, que años después se haría famosa: “¡La revolución es una fiesta!”



