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Sábado, 3 de octubre de 2026

La república hereditaria

El partido Liberal de Gaviria

La república hereditaria
Partido Liberal: un álbum familiar

Alfonso Luna Geller

Una información recién desvelada por El Espectador, pinta un escenario que obliga a la reflexión sobre el devenir de las colectividades políticas en Colombia.

«La casa Gaviria está moviéndose para jugar en varios frentes en los próximos comicios», reza el reporte, delineando una estrategia familiar que concentra el poder de decisión en el seno de un clan, justo en el umbral de una contienda electoral crucial.

El expresidente César Gaviria, figura central de esta trama, tiene la potestad de definir los avales para quienes aspirarán a nombre del Partido Liberal a la Cámara y el Senado. Su rol no se limita a esta tarea interna; también se encargará de la articulación con otras colectividades, con la mira puesta en la definición de la apuesta presidencial.

A su lado, su hijo Simón Gaviria, exdirector de Planeación Nacional y exrepresentante a la Cámara, se mantiene como un operador clave de esa fuerza política. La proyección se extiende a su otra hija y hermana de Simón, María Paz Gaviria, quien ha estado vinculada al sector cultural y diplomático, y estaría preparando su aspiración al Congreso.

Esta configuración sugiere un quiebre definitivo. Lo que una vez fue una de las organizaciones políticas más influyentes en la historia republicana de Colombia, y abanderada de reformas sociales, parece hoy supeditada a una estructura familiar.

Las decisiones estratégicas del Partido Liberal no se deliberan en convenciones ni foros ideológicos, sino en conversaciones entre padre, hijos y aliados de confianza.

El poder de un apellido, el Gaviria, lo transforma, sin más, en una suerte de compraventa personal de avales, en una empresa familiar con ramificaciones estatales.

Tener presente que el expresidente Gaviria y su núcleo familiar directo son mantenidos por todos los colombianos: cuentan con esquema de seguridad personal permanente, asignado por la Unidad Nacional de Protección (UNP) y coordinado con la Policía o Fuerzas Militares; tiene una asignación mensual vitalicia que equivale al 85 % del salario que devenga un magistrado de la Corte Suprema de Justicia; tiene pasaporte diplomático, lo que implica beneficios internacionales como menores controles migratorios y trato preferencial en ciertos países.

Y fuera de eso, la matriz de esta estructura se extiende a otras esferas del Estado. Ana Milena Muñoz de Gaviria, esposa del expresidente, y madre de Simón y María Paz, permanece en su cargo como embajadora de Colombia en Egipto desde 2019. Una asignación diplomática que, bajo esta luz, refuerza la percepción de un Estado al servicio excluyente de una familia, desdibujando las fronteras entre el interés público y las dinámicas domésticas.

El panorama, sin duda, plantea interrogantes incómodos sobre la salud de la democracia partidista en el país y el alcance de la influencia de ciertos apellidos en el tejido político nacional.

No me aparto del Partido Liberal que fue pilar de modernización institucional y defensa de los derechos civiles en Colombia. Me aparto de los andrajos en que lo han convertido quienes hoy lo manejan como un patrimonio de familia. Renuncio, no por despecho, sino por pudor histórico. Porque no puedo ser cómplice —ni siquiera por omisión— del secuestro político que ha convertido una tradición republicana en una franquicia doméstica.

No nací para aplaudir linajes ni para tolerar el uso de símbolos colectivos como pergaminos familiares. La historia del liberalismo en Colombia no merece ser bastón de nadie, y menos vitrina hereditaria.

Cuando la dignidad se ausenta, la renuncia se vuelve coherencia.


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