La radio debe pasar a cuidados intensivos

El colapso ético de la radio colombiana exige el apagón ciudadano.
La vulgar manipulación corporativa acabó con el
derecho a la información y el conocimiento.
Por Alfonso Luna Geller / Hubo un tiempo en que la radio colombiana era el faro de la nación. Un espacio sagrado donde grandes periodistas respetaban al oyente, orientaban con rigor y formaban audiencias críticas. Hoy, ese orgullo se ha desmoronado, descendiendo a la satisfacción exclusiva de los intereses de los propietarios multinacionales que han asfixiado la verdad, convirtiendo el espectro electromagnético en un campo de batalla para la domesticación masiva.
Esta situación nos obliga a añorar el trabajo periodístico de Juan Gossaín, Hernán Peláez, Antonio José Caballero, Julio Enrique Sánchez Vanegas, Alberto Piedrahita Pacheco, Juan Harvey Caicedo, Jorge Antonio Vega, Carlos Pinzón, Yamid Amat, Edgar Artunduaga, Francisco Tulande, entre muchos otros, claro; hombres que entendieron la radio como un apostolado de la verdad y el respeto por el oyente. Eran tiempos cuando la voz frente al micrófono no era un activo de una multinacional, sino un puente de confianza que construía nación a través de la cultura, la decencia y la información rigurosa. Hoy, al comparar esa estirpe de caballeros del aire con los actuales mercaderes de la opinión, la pérdida de calidad no es solo profesional, es una tragedia ética que ha dejado a la audiencia huérfana de referentes y a merced de la manipulación.
Es indignante, por decir lo menos, verse sometido a la descarada y sistemática manipulación política que ejercen los periodistas mejor pagados del país. Estos «directores», que ostentan prestigios inflados y sueldos astronómicos, ejecutan una rutina diaria de engaño sutil. Diseñan entrevistas para ratificar guiones preestablecidos, con invitados seleccionados que cumplen —como piezas de un reloj— objetivos manipuladores. Reportajes editorializados bajo la premisa insultante de considerar a la audiencia como «menor de edad», incapaz de discernir o tomar decisiones propias.
El abuso de la libertad de expresión hoy se traduce en un insulto a la inteligencia del ciudadano. El autobombo y la publicidad engañosa son el pan de cada día. Lo más grave es que el poder económico ha copado de tal forma el espectro oficial que cambiar de emisora resulta inútil: parece un acuerdo tácito entre propietarios para que sus «periodistas prepagos» ejecuten, al unísono, un concierto político en favor del gran capital y las ilusiones de la extrema derecha.
Ante este panorama de embrutecimiento masivo, la receta es una sola: apagar la radio comercial. Debemos rescatar el tiempo para lecturas que nutran el espíritu y el conocimiento. Hoy, la esperanza no está en las grandes cadenas nacionales, convertidas en oficinas de campaña electoral permanente, sino en los medios alternativos y regionales. Allí, donde aún no llega el cheque de la multinacional, es donde todavía se respira el aire limpio de la verdad y el respeto por el ciudadano.
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