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miércoles 16 septiembre, 2009 a las 7:47 am
LA QUEJA DEL RÍO

Maquina cortamadera incendiada. Foto El Liberal.agosto08-09

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Hace ya una semana empezaron los racionamientos de agua en esta ciudad. El Río Cali se cansó de tanto despojo de sus costados, del abuso de las redes de acueducto, de los ductos de residuos domiciliarios y de la indolencia de las entidades de servicios y ambientales. No resistió el embate de los calores de menopausia de la Niña y por su lecho está corriendo apenas un hilo amarillento. Todavía no padecemos de la sed de los que tienen que atravesar por días y noches el desierto del Sahara. Los niveles de las represas de Calima y de Salvajina descienden aceleradamente. A algunos les parecerá que describo una visión casi apocalíptica.

Como en otros años la población espera que llegue esta época de verano y se estabilice el cauce de las peñas y de las cascadas que alimentan el Cauca y los otros seis ríos que bañan esta ciudad. ¿Pero hasta cuándo nos engañaremos?

La flamante Viceministra de Aguas salió de su anonimato para decir perogrulladas que no son la solución. El mensaje está en el lugar equivocado. No son los usuarios del agua que corre por las llaves de la cocina o del baño los culpables de la falta de agua. Ellos no podrán reprimir a quienes le deben una respuesta al pueblo colombiano. El remedio no es dosificar la cantidad y llegar a emular con el gato que apenas si se limpia los bigotes y el rabo con el líquido de su lengua.

El mensaje va por otro lado. Debe ir dirigido a las llamadas “autoridades de control” del ambiente, a los alcaldes, a los concejales. Los ríos perdieron sus musgos, líquenes y helechos que le ayudaban a conservar la humedad. Los ríos se quedaron desnudos y sin protección por la tala de árboles. Los ríos vieron cómo los desechos industriales ennegrecen y ensucian su lecho inmaculado. Vieron cómo las basuras y los residuos hospitalarios van a mancillar la pureza de sus aguas otrora cristalinas.

El mensaje deberá ir hasta las Corporaciones regionales, hasta las inoperantes oficinas del ICA, si es que existe, hasta las empresas de alcantarillado, hasta los empresarios que envían maquinarias enormes con dientes y sierras a arrasar la selva y las montañas de nuestras cordilleras y en las afueras de los municipios. Deberá ir el mensaje hasta la gerencia de multinacionales y de compañías constructoras que procesan la madera de nuestros árboles sin que distingan entre centenarios o jóvenes. Deberá ir a los que riegan glifosato y envenenan hojas, matorrales, enredaderas y sembrados de maíz y papa.

Sí, y también a quienes tienen campamentos y talan para sembrar la coca. Pero aquellos otros son tan bandidos como éstos porque nos están robando un ambiente propicio para la sostener la vida, el aire puro y la comida para hijos, nietos y tataranietos.

Los ríos no sólo lloran por sus aguas o por los peces que ya no nadan en sus ondas. Lloran también porque no los acompañarán los árboles, las flores, ni habrá nidos ni madrigueras de donde salgan corriendo pájaros, colibríes, conejos, armadillos, guaguas a beber de su limpia mano.

“Álguienes” están escondiendo el bulto cuando el revendedor de iguanas o micos o babillas nos las ofrecen al lado de la plaza de mercado. Alguien se está ocultando cuando el camionero pasa por el retén y nadie le estorba el paso con el cargamento de árboles talados. El río, allá abajo en la cañada, se queja y nadie oye su lamento.

15-09-09 – 6:44 p.m.

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