La política de la entrepierna

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Hay hombres que creen que el poder se mide por la capacidad de humillar, exhibirse o vulgarizarlo todo. Y cuando la política cae en manos de ese tipo de personajes, el debate público termina convertido en un espectáculo de circo barato, donde la obscenidad intenta reemplazar las ideas.
Colombia acaba de presenciar una escena vergonzosa: un candidato presidencial insinuando que el respaldo femenino hacia él se explica porque una fotografía demostraría que está “bien dotado”. Y no satisfecho con semejante vulgaridad, insistió ante una periodista para que “buscara en la foto” la supuesta razón de su éxito con las mujeres.
No fue un chiste inocente. No fue espontaneidad. No fue carisma.
Fue una demostración grotesca de machismo y pobreza intelectual.
Porque cuando un aspirante a gobernar un país reduce el voto femenino a insinuaciones sexuales, lo que realmente está diciendo es que considera a las mujeres incapaces de pensar políticamente. Las reduce a cuerpos impresionables, a seres manipulables por la testosterona y no por la razón.
Ese discurso no solo degrada a las mujeres. También degrada la política.
Durante décadas Colombia ha padecido dirigentes que convierten el poder en una extensión de su ego enfermizo. Hombres que se sienten irresistibles, iluminados, superiores, dueños de la verdad y hasta dueños de los cuerpos ajenos. Por eso no sorprende que algunos terminen creyendo que su órgano genital puede funcionar como programa de gobierno.
Pero gobernar un país no consiste en posar frente a una cámara como macho de feria. Gobernar exige inteligencia, altura ética, conocimiento, sensibilidad social y respeto por la ciudadanía.
Y ahí está el verdadero problema: cuando la discusión pública gira alrededor de vulgaridades sexuales, desaparecen los temas que realmente destruyen al país. La pobreza, el hambre, la corrupción, la violencia, el abandono estatal y la desigualdad quedan relegados mientras algunos convierten la campaña presidencial en un concurso de exhibicionismo masculino.
Lo más preocupante es que todavía existan sectores que aplaudan estas conductas bajo la excusa de que “es auténtico”, “dice lo que piensa” o “es divertido”. No. La degradación moral nunca debe confundirse con autenticidad.
La obscenidad no es valentía. El machismo no es liderazgo. La vulgaridad no es rebeldía.
Y un hombre obsesionado con demostrar su supuesta virilidad difícilmente podrá demostrar la madurez política necesaria para conducir una nación.
Las mujeres colombianas no votan por tamaños. Votan por dignidad, por garantías, por derechos, por respeto y por propuestas reales.
Creer lo contrario es no entender absolutamente nada de las mujeres… ni de la democracia.
Porque cuando un candidato pretende gobernar desde la entrepierna, lo único que termina exhibiendo es la miseria de su pensamiento.
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