¿ES LA POESÍA UNA JOYA Y MERCANCÍA?



Las palabras y las cosas. La casa donde habitan las cosas. ¿Es un tinglado la poesía? O es una colección de joyas guardadas en un espacio enorme que es el tiempo y las generaciones que las han ido decantando y puliendo.
Sí, la palabra es la base. Es un mundo nuevo hecho con palabras e imágenes. Grotescas, brillantes, sublimes, tiernas. En la poesía hablamos de seres reales, irreales, posibles, imposibles, nos burlamos, ironizamos, tocamos el límite de la eternidad, bajamos al averno,
o nos quejamos del desamor. El instrumento es el lenguaje diario.
Lenguaje selecto, respeto por la poesía, no es hangar del que sacamos trebejos que hemos acomodado en una página sin criterio alguno.
Con Gloria Cepeda alguna vez se hizo el pacto de llenar una cuartilla con toda una serie de las palabras que más nos gustaban usar cuando escribíamos poesía. Era un intento de corroborar que irremediablemente el lenguaje poético es un universo para cada poeta. El éxito o acierto consiste en saber usar esas palabras en cada poema. Pero cada poeta tiene su vocabulario, ha ido aprendiendo a tomar las flores del idioma que son de su agrado. Unas son cortas, lentas o rápidas, como yambos o troqueos, otras más largas o espondeos y otras son saltarinas como los dáctilos. Hay flores para el medio, para la terminación solemne o jocosa o contundente.
El ensayo nunca se llevó a cabo. No hubo sino tres meses de la promesa hasta romperse el encanto. El proyecto se quedó trunco. No por eso yo no tengo mi plana terminada. Tengo una sarta o florilegio de palabras que me saben a miel, otras son suaves al tacto, otras están listas a ser distribuidas por el uso del habla que las fue delineando.
No. El idioma no es una mercancía barata, de uso ordinario, como decía Wittgenstein. Por lo menos en Poesía, con mayúscula. No es lo mismo el habla diaria de la que nos servimos todos los que hablamos un mismo idioma. Con su uso nos comunicamos y creamos discursos significativos, cierto. Pero no tenemos la intención de inventar un mundo o de crear un cuadro mental sorprendente, como lo hizo Renoir cuando concibió en su mente la concepción de una pintura. No era pintor de brocha gorda que la tomara para barnizar una pared de su casa o una fachada o interior, por encargo.
Unas palabras como «rosa» o como «lluvia» o como «muerte» o una pregunta, como «¿qué tengo yo?», sirvió para que Teresa empezara uno de los poemas más bellos de la lengua castellana. Ha de tener el poeta en el momento de la creación a disposición las palabras que, unidas, hagan resplandecer imágenes que hasta el momento nadie las había puesto en boca de los demás mortales.
Y no solo es poner una palabra seguida de otras. Es intercalar musicalidad y delinear una imagen no imaginada hasta ese momento en el verso o en el poema. No es obra de magia. Es mérito de quien trabaja y no copia o se sirve de otro.
17-08-17 10:20 a.m.



