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Domingo, 4 de octubre de 2026

LA PIEL

La piel - bebé
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

La piel - bebé

La piel, ese cascarón que protege de asaltos a la mano o la cara, esa fina membrana que recubre desde el pie hasta la coronilla, ese infinitesimal tejido de filamentos que comunican cada célula de la superficie externa del cuerpo con el cerebro humano, es un prodigio. Más perfecta que cualquier coraza o antídoto o memoria electrónica para prevenir o defender la yema del dedo o el ojo o la piquiña en la espalda.

Y no solo protege o defiende. Es un radar vivo que avisa aunque esté dormido y centinela no pago que toca el silbato cuando hay peligro o alguien toca a la puerta de la boca, del oído o sube por la pierna sin permiso.

La piel no solo cubre, protege y avisa. También auxilia y presta su hombro para despertar dolores o pasiones. Corre desde el brazo hasta el hígado y las vísceras para aumentar la sensación que llega de un apretón de mano o el roce de un vestido sobre el brazo o el olor de un perfume que tocó los filamentos de la nariz atenta.

La piel tiene auxiliares cerca de su territorio. Los poros se hinchan, los nervios se aguzan y cada sentido tiene resonancia dentro del cuerpo. Todo el ser vivo se comunica por el tacto, por el frío externo, por la música que entre por el oído a tocar el tímpano. Al corazón le avisa el ojo, la nariz, el aire que se mueve por el paso de la mujer amada y toca las fibras de su halo.

La piel es una flauta que interpreta la canción oída de una boca que permanece en el recodo de la conciencia. También es corneta que anuncia a ojo cerrado la llegada del ser amado cuando lo besa por detrás en la nuca. Y es cuchilla o aguja que pincha cuando un zancudo hunde su aguijón en la tecla del escozor.

Usted y yo tenemos en el cuerpo un campo minado de sorpresas con la piel. Allí en cada porción hay unos puntos sensibles que estallan de alegría o de susto o de espanto. Hasta allí pueden llegar amigos, enemigos, culebras o ensartarse sapos o acercarse abejas o colibríes.

Nuestra piel nos ha acompañado desde que nacimos y en esa bolsa quedarán nuestros huesos el día que ya no sintamos nada. Ni timbres, ni llamadas por teléfono ni tirones del cabello ni pinchazos en la vena. Se arrugará la piel lozana y se secará como muchos de los lechos de nuestros ríos.

Nadie se acuerda día a día de la piel. No la cuidamos, la exponemos a la inclemencia del sol y nadie se percata que allí guardamos todos nuestros más grandes tesoros: el corazón, los nervios, los órganos internos, los pulmones y el cerebro, los riñones y el bazo y la pulpa de la mano con la que saludamos. Yo la amé el día de hoy, ¿y usted?

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