LA PERECITA


LA PERECITA

Hoy no es domingo, pero… como si lo fuera. Amaneció claro el día, las cornetas de los carros -allá afuera – pitaban y el ruido rasante de muchos carros a la vez sobre el pavimento sonaban como un mar de ruidos rampantes. Todo se mueve como sin querer afuera y también, aquí adentro, en el corazón.
Es como la definición algo difuminada de la pereza este primer párrafo este día cualquiera. Ni me acuerdo, ni lo quiero saber, qué día exactamente es hoy. ¿Para qué? Todos mis días son lunes o miércoles o domingos. Son de asueto o de fiesta, martes santo o miércoles de ceniza.
Hago lo que quiero, me visto igual que ayer, tomo mi chocolate con pan y queso y me siento a escribir. Me levanto, voy a bañarme, a tender la cama, a lavar el plato, el pocillo y el cuchillo que dejé sobre la mesa hace rato que desayuné. Nadie me cronometra mi tiempo ni me acosa para nada. Soy libre como la perdiz que trisca lo que encuentra y lo que quiere.
Miro hacia el lado derecho y veo sobre la mesa las manzanas y peras mirándome frescas. Están en una canasta de alambres gruesos de verde. Al lado, sobre la pared, cuelga un cuadro pintado por Cielo en 2003. Hace juego con el comedor que decoré en mi apartamento en el Barrio Centenario.
Sobre la mesita de centro adorna, sin chistar, un recipiente de vidrio grabado como para guardar y ofrecer dulces a los visitantes. Tal vez en una sola ocasión lo he ocupado en ese menester. De resto, me mira el piso de cara amarilla de madera, brillante. Alguien me dijo que mi sala es muy sobria. Tanto, que parece el espacio que ocuparía un cenobita en su soledad para leer, escribir y meditar y, por supuesto para comer y dormir. Creo que fue el poeta amigo, de blanca veste y de Bucaramanga, Javier Félix.
Ustedes lo están comprobando. Sin afán, porque nada me afana o urge, ni siquiera acabar esta crónica de la hora. Estoy croniqueando como con pereza, pero con responsabilidad. Nadie me está hurgando, ni haciendo cosquillas. Tengo todo el día para cranear mi discurso.
Allá afuera un parlanchín en su bocina ofrece o gasta su voz para hacer lo mismo que todos los días. Él se ha impuesto ese tipo de «trabajo». Algo ganará. No solo de pan vive el hombre. Estoy metiendo la mano al bolsillo de la mañana para esculcar lo que hay a mi alrededor. Creo que estoy venciendo la pereza porque ya solo me faltan 60 letras para cumplir con mi cuartilla diaria que tiene 500.
Describir, observar, ir clavando los dedos en el teclado, llenar renglones, uno por uno. Creo que eso no se llamará vencer la pereza. Pero hoy sí lo fue. Parece que hoy fuera domingo y apenas es martes, me registra el celular. Perdón había escrito miércoles. Tuve que retroceder un día en un instante.
****************************
Otras publicaciones de este autor en: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/



