La paz ¿Un imposible?

¡Hay tantas heridas abiertas! ¡Tanta sangre ha corrido sobre el suelo! ¡Hay tantos reclamos! Imposible es la paz con tantas ofensas mutuas que flotan en el aire, no de la mesa de La Habana, sino del lugar donde respira cada colombiano, cada mujer y cada hombre que de alguna manera ha sido afectado por este conflicto intestino del que no es fácil deducir ni su final ni su origen.
Cada uno llevamos en el alma incrustado el luto por algún ser querido. La guerra solapada de este país, la guerra a mansalva de esta patria, se ha llevado de cada uno un hermano, una hermana, un padre, una madre, un hijo, una hija. Hemos visto morir a tíos inocentes; nuestros amigos más queridos han sido sepultados en medio del oculto llanto del silencio, en medio de la dolorosa forma de la impotencia. Pero también la guerra se ha llevado nuestros bienes, nuestras vacas, nuestros caballos, nuestras gallinas, nuestras casas. Esta guerra ha construido muchos rencores. La rabia babea nuestra bandera, y este suelo está salpicado de la porquería con que justificamos la matanza.
La guerra, como la peor desgracia humana, nada respeta. Enfrenta a todos. Se bate entre la intolerancia, y como en la canción “La calle”, de Daddy Yankee: “La guerra no termina hasta que el otro haya muerto, porque las reglas del fuego las pongo yo”.
Por eso las conversaciones no avanzan. ¡Nadie quiere la paz! Nadie quiere deponer las armas, menos llegar con el corazón en la mano para reconocerse mutuamente, para reafirmarse con una identidad que involucre al otro, precisamente porque lo que buscamos es imponernos armados de dogmatismo. Y en este subterfugio de imaginar que tengo la razón, sin que la historia pueda hablarnos, es imposible que pongamos sobre la mesa cartas sinceras para hacer el juego limpio, para por única vez aceptar que de lado y lado nos equivocamos, y que de lado y lado en cierta medida la razón nos acompaña.
Si la paz estuviera en el corazón de cada uno cualquier mecanismo podría refrendarlo. Sobra decir que una constituyente o un plebiscito. La forma legal sería lo de menos. Igual pasaría con las concesiones porque lo pedido y lo exigido de cada parte sería tomado como un sacrificio necesario, si en realidad queremos que nuestros descendientes vivan en paz. Pero de la trapisonda a la sinceridad hay una huella muy profunda difícil de zanjar. Y hasta que no se depongan los intereses particulares, hasta que no haya un propósito sincero de reconciliarnos, lograr un acuerdo real, no el firmado en los escritorios, el cometido de lograr la paz entre los colombianos es un imposible.
Seguirán apareciendo los salvadores. Seguirán montándose discursos envalentonados. Seguirá el peso de la sinrazón esbozado en discursos babosos. Seguirán apareciendo reivindicadores que desde la tribuna alientan los pechos ardientes deseosos de disparar y disparar. Mientras tanto muchos hermanos nuestros, muchos hijos nuestros, muchos padres nuestros, muchos amigos nuestros serán enterrados bajo los pírricos homenajes que pueden ofrecer los bandos que nunca pudieron dejar la guerra.



