LA PARADOJA DEL CAUCA


TANTOS PRESIDENTES PARA TANTA DESGRACIA
¿Otro apellido ilustre para salvar lo que ellos mismos abandonaron?
En algunos salones de la «Ciudad Blanca» se respiró nuevamente ese aire de emoción aristocrática que suele preceder a las campañas electorales cuando uno de los «suyos» aspira al solio de Bolívar. La noticia corre con la velocidad del rumor en misa mayor: el Centro Democrático ha seleccionado a Paloma Valencia como su candidata a la Presidencia de la República.
La novedad, dicen, es que por primera vez sería una mujer. Pero la realidad, vista sin el velo del romanticismo payanés, es otra: se trata de la intención de recuperar el poder ejecutivo para el uribismo, utilizando como vehículo un apellido que aún resuena en la historia nacional. La senadora Valencia es la portadora del legado de su abuelo, Guillermo León Valencia, presidente entre 1962 y 1966 y obvio, de su padre, Ignacio Valencia López, también miembro del Partido Conservador, por el cual fue representante a la Cámara por el Cauca, senador y embajador.
Y aquí es donde se ratifica la gran paradoja del Cauca: somos el departamento que más presidentes le ha entregado a Colombia y, al mismo tiempo, como en brutal compensación, el territorio más mutilado, pauperizado, violentado y abandonado del país.
La fábrica de presidentes, un lastre para la historia
Para entender la magnitud de esta contradicción, basta con abrir los libros de historia. Popayán ha sido la capital política alterna de la nación. Hemos tenido presidentes en todas las etapas, desde la convulsión independentista hasta la República moderna.
Desde el sacrificio de Camilo Torres Tenorio, presidente de las Provincias Unidas, pasando por la aristocracia de Joaquín Mosquera y Arboleda en la Gran Colombia. Tuvimos al caudillo José María Obando, nacido en Corinto —hijo de las «infidelidades aristocráticas» que obligaban a ocultar nacimientos en el monte—, quien gobernó la Nueva Granada.
La lista es abrumadora: el Gran General Tomás Cipriano de Mosquera, cuatro veces presidente y figura titánica del siglo XIX; el liberal José Hilario López, quien abolió la esclavitud, pero no la desigualdad; Julio Arboleda, el «Poeta Soldado»; Froilán Largacha y Julián Trujillo. Tuvimos a Ezequiel Hurtado, nacido en Silvia, y a Diego Euclides de Angulo Lemos.
Ya en el siglo XX, la dinastía continuó con Guillermo León Valencia, el abuelo de la actual candidata; Víctor Mosquera Chaux, descendiente del Gran General, y Carlos Lemos Simmonds.
La realidad sangrante
Si el poder político garantizara el desarrollo, el Cauca debería ser hoy la Suiza de América Latina. Sin embargo, mientras estos apellidos ilustres gobernaban la nación desde Bogotá, y el exterior, su propia tierra se desmoronaba.
El «Gran Cauca», ese estado soberano que alguna vez abarcó desde el Chocó hasta el Amazonas, fue desmembrado sistemáticamente. No fue un proceso externo; fue un deterioro permitido y a veces gestionado por las mismas élites que posan de decentes. Mientras ellos acumulaban títulos, tierras y estatuas, como ahora, el territorio se convertía en el caldo de cultivo para la miseria que hoy nos ahoga.
Hoy, mientras en Popayán celebran una candidatura, en Buenos Aires, norte del Cauca, la población está siendo destruida. Las organizaciones armadas, el narcotráfico y la minería ilegal han convertido al departamento en su teatro de operaciones cotidiano.
La falacia de «Caucanistán» y los verdaderos culpables
A propósito, algunos columnistas intentan vender la idea de que el Cauca se perdió por culpa del gobierno de Gustavo Petro, tildándonos despectivamente de «Caucanistán» o «República Popular del Cauca». Nada más falso e hipócrita.
Las causas de nuestra tragedia no aparecieron en 2022. La minería ilegal y el narcotráfico, la extorsión, el contrabando, el secuestro y el reclutamiento forzado no son inventos recientes, no comenzaron a carcomer este territorio en los últimos tres años. Es más, hay que decirlo con claridad: los caucanos —indígenas, afros y campesinos, todos— somos las víctimas, no los beneficiarios de esta economía de muerte.
Los verdaderos dueños de los negocios del Cauca, los que se llenan los bolsillos con el oro ilegal y la cocaína, no viven en chozas en Toribío o Argelia. Ni en el Cañón del Micay, donde se matan los intermediarios de esos que sí disfrutan sus riquezas en los clubes de Bogotá, o en las calles de Miami, Nueva York o Washington. Son los grandes mafiosos con abogados de lujo y cuentas en paraísos fiscales, a quienes nadie toca ni estigmatiza.
Un llamado a la conciencia
Personalmente, llevo más de 70 años viviendo esta tragedia. He visto cómo se cocina la misma receta con distintos cocineros. El Cauca es un departamento estratégico al que le han hecho la guerra todos: guerrillas, paramilitares, narcos, empresas corruptas y, dolorosamente, un Estado dirigido muchas veces por hijos de esta misma tierra que prometieron servir.
Que no nos vengan ahora con la idea chimba de que un apellido, es garantía de salvación. La historia nos ha demostrado lo contrario. El Cauca no necesita más presidentes nacidos en Popayán que gobiernen de espaldas a sus montañas y sus valles; eso no es garantía, al contrario, se necesita consolidar un cambio estructural que arranque de raíz la violencia y la pobreza, esa misma que creció a la sombra de las estatuas de nuestros próceres.
En el Cauca aún no hemos superado del todo el poder colonial re-transmitido, aquí sus herederos nunca desmontaron del todo la lógica de castas que vino con la invasión española. Por eso, cada cierto tiempo, el pasado se disfraza de novedad: cambia el rostro, cambia el género, cambia el discurso, pero no cambia la matriz del poder excluyente.
Paloma Valencia es la continuidad de esa genealogía política que ha gobernado para sí misma mientras el territorio se empobrece y se desangra. Igual que ha ocurrido en ciertos sectores antioqueños, precisamente con los personajes que sueñan con imponerla.
Olvidaba un «pequeño» detalle
A esta genealogía del poder caucano habría que sumar un nombre más, que curiosamente hoy guarda silencio: Aurelio Iragorri Valencia, primo hermano de Paloma Valencia, exministro y exgobernador itinerante, quien durante años dejó entrever que la Presidencia de la República era el siguiente peldaño natural de su hoja de vida. Tal vez la historia se le adelantó… O quizá los caucanos seamos “tan afortunados” que podamos asistir, sin rubor alguno, a la pretensión simultánea de dos primos de la misma casta reclamando su supuesto derecho hereditario a gobernar el país.
¿Cuántas veces más vamos a celebrar “otro presidente del Cauca” mientras el Cauca sigue sin Estado, sin seguridad y sin futuro?
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