LA PALABRA VUELA EN LA 29 FILBO 2016


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.
Loco-mbiano.

Nos llevó el piloto Carlos Castillo como en una nave de papel y aire hasta la alta Bogotá con sus nubes nerudianas. Qué pericia, suavidad y respeto para el pasajero. Cómo da gusto viajar con pilotos colombianos tan cuidadosos en esquivar nimbos y bolsas de turbulencia. Y de venida Guillermo Ramírez nos trajo a Cali en un A-319 de Avianca como exhalación de gaviota.
Aterrizamos en la versión 29 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2016. Llenamos el alma de libros en un día con niños por montones, imágenes y diseños de Holanda y nos divertimos abriendo páginas de infinitos temas. Sí, esta Feria hace volar la imaginación y las manos que los escribieron. Podríamos intentar hacer una torre de libros y, -con seguridad- no nos confundiríamos en una babel de entelequias.
Entrar a cada pabellón, incluso al de comidas, en esta 29 feria fue una delicia visual y táctil. En un sitio un carrito pintado de azul, de cuatro ruedas que sostienen un cuartito con ventana horizontal. Un carrito como esos lo recuerdo desde mis años de niño en Villa Gómez cuando por primera vez asistí a una función de títeres que cantaban Arroz con leche… se quiere casar… Y poder tocar con la mano millares de libros fue una sesión de fantástica realidad.
Sí, la palabra hace volar la imaginación y lo traslada a uno hasta la niñez y lo lleva hasta el reino de Sandokán y sus tigres en la Malasia o lo adentra a los terrenos de la filosofía o lo invita a navegar hasta chocar con acantilados o a contemplar la invisibilidad de las cenizas, un libro de poesía del ilicitano Joaquín Zapata.

Se llena uno de emoción colombiana viendo que el trabajo de los organizadores de esta Feria ha sido un éxito. Pabellones, plazas y corredores se veían llenos de niños. Corrían, reían, eran llevados por sus profesores y se sentaban en cualquier sitio a descansar de tanto caminar. Dialogaban sobre sus hallazgos y acercamiento con esta mar de libros, con títulos, portadas, títulos, colores y diseños. Allá, afuera, un río de taxis no se cansaba de llegar, dejar bajar y continuaba la cola de tráfico.

Sí. La palabra hace mover, correr, volar. Es un imán que atrae, llena la retina y engolosina el gusto. Si no es este libro enano, será este otro gordo, pero sigue la cadena y las manos no cesan de hojear, de querer descubrir qué hay detrás del vértigo de las páginas. La palabra es también un ají picante que se mastica y arde pero que le sabe a quien lo prueba sin recato. Vuela una palabra detrás de otra, un verbo detrás de un sustantivo, un adverbio detrás de un verbo. El verbo es un motor que hace volar al mundo. Y un libro es una máquina del tiempo repleta de ellos para hacernos elevar, caer de bruces o saltar por la sorpresa.



