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miércoles 29 junio, 2016 a las 11:57 am

LA NOCHE…

La noche - Lobo1
Rodrigo Valencia Quijano
Rodrigo Valencia Q. ©

– Siempre me ha parecido que El Banquete de Platón es su diálogo más hermoso. Mira no más: “¿Qué pensaremos de un mortal a quien fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de carne ni de colores humanos ni de las demás vanidades perecibles, siendo la belleza divina misma?”.

– Sí, mi amor -le contestó él-. Algo semejante a lo que dice Confucio en Los Cuatro Libros Clásicos… Oye esto -dijo, tomando una bella edición-: “Lo único verdaderamente perfecto, sin mezcla alguna de imperfección, es la ley del Cielo. El hombre debe esforzarse por descubrir en su interior esta ley del Cielo, que es la base y fundamento de todos sus deberes. El hombre perfecto descubre esta ley por sí solo…”.

Cerró el tomo, ambos quedaron en silencio, llenos de inquietudes. Se había terminado la discusión sobre la jartera de Aristóteles y su montón de palabras inútiles, que eran de sofista, según ella. En cambio, admiraba a Giordano Bruno, su filosofía platónica, su tono hermético, la evocación que hacía del Asclepios y el desdén que sentía por el resonante estagirita.

El gato dormía en su cojín predilecto; parecía un ovillo de terciopelo; ronroneaba suavemente, sin importarle para nada esa conversación. Al fin y al cabo, los gatos no son filósofos; son seres prácticos, elementales, intuitivos, directos en sus planes y deseos; y después de haber comido un tanto se echan a dormir… Quizá sueñan con su mundo gato, su vida cómoda de contemplados, y con una que otra aventura nocturna. Y entonces decidieron imitarlo.

Se metieron en el lecho, apagaron la luz; el resplandor de la lámpara se fue a lo oscuro, a ese núcleo misterioso que ella creía era el origen de los seres. Siempre se acordaba, siempre pensaba en eso, cada que apagaba la luz. Era como si a través de ese simple fenómeno evocara múltiples misterios, tantas preguntas imposibles, miles de esas imprecisas cosas para hilvanar interrogantes…

Él se volteó hacia ella, le puso la mano sobre el brazo, la cama crujió un tanto. Parecía que las voces aún resonaban en el cuarto oscuro, el aroma de los tintos repetidos no se había ido del todo. Tenían esa costumbre. Leían y discutían un tanto, antes de bajar al limbo de los sueños… una costumbre que los atrapó desde sus primeros tanteos amorosos, y que después, tal vez, se tornó un rito necesario para prolongar sus vínculos comunes y retar los nudos de la existencia.

– ¿Sabes? -dijo él-, los filósofos ya me están aburriendo. Son gentes frías, demasiado cerebrales… Tanta tinta en el papel, y nada de certidumbres; nada parecido a una sonrisa que llene al alma con dulzura.

– Cierto -contestó ella-. Después de leer más de cuatrocientas páginas de Heidegger, y salir con el cuento de que apenas va a comenzar a “predelinear” el problema del Ser… Eso es algo que no se puede tolerar…

– Por favor, no vuelvas a empezar. Apaga tu voz, al menos hasta mañana -le instó él.

– Sí, pero es que uno se siente…

– Por favor -interrumpió él. Y le puso su mano sobre los labios; ella esbozó una sonrisa. Después, poco a poco, disparó una risotada. Se carcajeó de tanta cosa, de tanto pensar inútil, de tanta pretensión enredada entre los dos.

Él también rió. Parecían dos amantes estrenando la risa, pero la noche no se sintió aludida con el alborozo. Ni las paradojas, ni las preguntas rotas, ni los balbuceos del saber, ni tampoco la risa, alteraban la gravedad de la noche lo más mínimo; alas negras y profundas habían cubierto las razones y los mundos.

El resucitado del patio se adivinaba por el débil claro de la ventana; quieto y extraño como la muerte, parecía una estatua de múltiples formas, tratando de abrazar el cielo. Ni un pequeño viento paseaba entre el frío. El gato se desperezó, fisgoneó un poco por la ventana, pero no pareció husmear nada interesante, y volvió a su nido.

Ellos siempre habían dicho que la noche es el borrador de la existencia, el último recodo adonde vamos todos, sabios e ignorantes, a deshacernos del miedo, de la alegría, del afán y preocupaciones febriles… La noche es como el himno del no-ser, el sarcófago donde el sueño subyuga los sentidos, decían. Y así debe ser la muerte, pensaban: una noche total, la vacuidad sin nombre, sin habitantes ni voces bajo el firmamento.

Entre tanto, la respiración lenta y sosegada de ambos era el único testigo entre la nada. Un peso de hierro había caído sobre los párpados de los durmientes… El sol demoraría cuatro horas más por el oriente para abrir el cielo y alumbrar el resucitado y las piedras del patio.

La noche - Lobo

RVQ.

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