LA MUERTE ENTRA POR LA BOCA


Jorge Cuesta cumplió 70 años, sin que el mismo ni nadie lo supiera, tampoco se encendió la velita tradicional de su cumpleaños. Lo cierto es que lo conoce todo el mundo, y él a todos, porque el destino le dio las calles por cárcel.
La ciudad puede llegar a serlo. Cuando se convierte en permanente escalón de la pobreza. Y Jorge, que es su nombre, pero desconocido por los que lo tratan, llegó a la ciudad a comienzos de los sesenta, procedente de Cartagena la Heroica, de paso para Tunja en Boyacá, para estudiar idiomas.
Los “costeños”, como se denomina a los colombianos del litoral Caribe, por aquel tiempo llegaban a montones a Bogotá, como también lo hizo Gabo, nuestro Nobel, pero mucho antes, en los años 40, de paso para Zipaquirá para terminar su bachillerato, la ciudad con catedral de sal como lo cuentan sus memorias.
La Bogotá del máximo narrador, era diferente, a la que encontraría nuestro personaje en referencia, porque al final de los cincuenta y comienzos de la década feliz de las transformaciones era otra. Cuando sus fronteras se rompieron, con la llegada de cientos de desplazamientos de las regiones del país por la violencia partidaria, trajeron sus costumbres, vestimentas, animales, y sobre todo el calor de las zonas tropicales.
Jorge Cuesta, una vez bajado en la ciudad de los muiscas. Lo acogió, pero tiempo después cuando terminaba su carrera universitaria, con otros paisanos, que se odiaban por bulliciosos y enamorados, se les sindicó con una acusación maquinada como “tragedia anunciada,” desde el mismo momento que arribaron a la villa del príncipe de la leyenda muisca Hunzahúa, quien también fuera condenado con su amada.
El joven estudiante a punto de ser enrejado en la prisión principal de la villa andina, huyó sin título. Fuga que lo obligó a cambiarse de nombre, por el del personaje de la obra cervantina. “Pandafilando, de la fosca vista”. Para que nadie, ni perseguidores, ni familiares en la Ciudad Heroica, se enteraran de su nueva identidad. Puesto que ansiosos lo esperaban para con su licenciatura alivianar todas sus afujías.
Panda en Bogotá, después de un largo periplo, por diferentes zonas costeñas, se transformó paulatinamente en el habitante más culto del paisaje urbano bogotano sin nunca “pordiosear”, como otros con similar vida. Porque, mantuvo siempre hasta hoy, intacta la dignidad como un sacerdote Zen. Ha recorrido cincuenta años, impoluto. Sin desviaciones milimétricas de su ética… Panda es Panda: irónico, estoico y culto.
Conocedor del francés y de los vericuetos de la vida del Libertador Simón Bolívar, del que después de severa investigación escribió un texto sin publicación hasta la fecha. Como ocurrió con toda su obra inédita, referida en cuentos y una novela con el título formidable: “Los estudiantes se mudan de noche”.
Obra de trescientas páginas, escrita en los años duros de fuga, y estadía primeriza en Bogotá, para vengarse del pueblo andino, que lo calumnió, con un clima horrible siberiano, antes del calentamiento global, extraviándolo de su prometedora carrera.
La novela de Pandafilando era una obra, que -seguro- le habría dado pronta gloria. Si no fuera, porque la incineró, en una noche de “desaliento de la vida”, en improvisada chimenea de la cueva que habitaba.
Panda, se fumó todas las yerbas, sin enviciarse como asegura el pintor Fernando Oramas. Tampoco a Jorge Cuesta en cuarenta años, nadie lo vio almorzar. Porque sólo se alimenta -dice- de maní. Pasando días sin hacerlo. Porque, afirma: “La muerte -como decía mi abuelita- entra por la boca”.
El trashumante del centro capitalino, nunca ha sufrido dolor de cabeza, ni de muelas, o estómago… Y si tuvo compañera e hijos nadie lo sabe. Porque este personaje, seguramente un extraterrestre, pertenece desde siempre al paisaje urbano bogotano.




