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Lunes, 5 de octubre de 2026

La muerte como éxtasis

La muerte como éxtasis 1

El Norte del Cauca no necesita otro batallón
sino otro diagnóstico

Alfonso Luna Geller

Tres personas más cayeron asesinadas esta madrugada en la vereda La Cabaña, municipio de Guachené. Antes hubo otros. Habrá más si las autoridades continúan respondiendo con las mismas herramientas que ya demostraron su insuficiencia.

La comunidad bloqueó la vía Panamericana. El alto gobierno llegó al territorio. Se hicieron reuniones. Se crearon mesas de trabajo. Se anunciaron acciones.

La violencia siguió su curso como si nada de eso hubiera ocurrido. Esa secuencia, repetida con variaciones mínimas desde enero, revela un problema de diagnóstico, no de voluntad.

Las autoridades han intentado tratar una enfermedad que no han logrado identificar con precisión, y han aplicado remedios, pero elaborados para otras dolencias.

El conflicto de Guachené, mejor dicho, del norte del Cauca, es atípico.

La realidad en el territorio revela una patología social que la política tradicional de seguridad ignora: la necrofilia simbólica de una juventud que encuentra en la muerte ajena el único mecanismo de validación existencial.

No hay disputa territorial entre estructuras consolidadas con líneas de mando definidas, no hay control de economías ilegales de gran escala, no hay proyectos políticos de largo aliento detrás de cada disparo. Lo que hay es algo más difícil de nombrar y, por eso mismo, más difícil de intervenir.

Esto es un fenómeno psicosocial atípico: los jóvenes buscan descargas de dopamina a través del gatillo.

Viendo los videos exhibicionistas de jóvenes armados con fusiles que se muestran orgullosos, lo que se deduce es que estos personajes enfrentan desajustes emocionales donde las armas de largo alcance son sus juguetes de experimentación sensorial.

Estamos ante una generación de jóvenes temerarios que encuentran en la eliminación de sus parceros, compas o panas, con la disculpa de que cruzan fronteras invisibles, una fuente de éxtasis y una sensación de divinidad. Para el victimario, la muerte a bala del semejante es un rito que le otorga la ilusión de ser amo y señor de la vida, de ser conquistador de territorios, y es una pasión que no satisface con ninguna otra actividad.

Esa búsqueda de sensaciones fuertes a través de la letalidad explica por qué las intervenciones diseñadas desde Bogotá fracasan sistemáticamente. Mientras el Gobierno insiste en el despliegue de batallones y los sectores más humanos proponen una inversión social más eficaz, el motor de la violencia —la psiquis del joven armado— permanece intacto. El problema central no es solo la falta de oportunidades, sino un vacío existencial que la muerte llena con una gratificación inmediata pero perversa.

La intervención necesaria para Guachené y los municipios de la parte plana del norte del Cauca debe ser tan atípica como el conflicto que padece. Es imperativo que las autoridades competentes desplacen el foco hacia una intervención clínica y social de choque. Si la raíz del problema es emocional y patológica, la solución requiere especialistas en comportamiento humano, neurociencias y salud mental comunitaria que desmantelen el prestigio de la muerte en el imaginario juvenil.

Se requiere una estrategia de recuperación de la salud emocional de una generación que hoy juega a ser dios sobre los cadáveres de sus amigos, que entienda que para estos jóvenes la vida ha perdido su carácter sagrado frente al éxtasis del disparo.

La muerte como éxtasis
Imagen de referencia: https://chatgpt.com/

La intervención requiere profesionales en salud mental con presencia sostenida en el territorio, con capacidad de trabajar en condiciones de riesgo y con conocimiento de la cultura afrocolombiana. Requiere programas de gestión emocional diseñados para jóvenes en entornos de violencia crónica, donde la adrenalina del peligro compite con cualquier oferta institucional convencional. Requiere líderes comunitarios con respaldo real, del Estado. Requiere, sobre todo, que quienes tienen competencia para decidir acepten que este conflicto exige un diagnóstico propio, no un protocolo importado.

La intervención psicosocial requiere un componente económico paralelo, diseñado con la misma especificidad. Una inversión dirigida a esos grupos juveniles concretos, que ofrezca actividades con la misma carga emocional y adrenalínica que hoy solo encuentran en la violencia. El deporte de alto rendimiento, las artes, los oficios técnicos con proyección real, los emprendimientos productivos con acompañamiento sostenido son escenarios que pueden competir con la guerra, pero únicamente si llegan con recursos suficientes, con gestores que conozcan el territorio y con la convicción de que un joven que encuentra sentido en otra parte no necesita demostrarlo con un arma.

La oferta institucional convencional, diseñada para beneficiarios genéricos, no alcanza a estos jóvenes. Se requiere una estrategia focalizada, con nombre propio, que entienda que el problema central es la ausencia de emociones fuertes y socialmente legítimas, y que las reemplace con algo real, no con folletos y talleres de una sola jornada.

Esa estrategia tiene tres dimensiones que las autoridades han omitido hasta ahora.

La primera es el trabajo directo con familias y comunidad: reconstrucción de redes de apoyo, acompañamiento profesional en el manejo del duelo, prevención activa de retaliaciones y programas específicos de gestión emocional y proyecto de vida para quienes están en el entorno inmediato de la violencia.

La segunda es la participación real de la comunidad afrocolombiana como parte central de la solución. Sus saberes, sus liderazgos locales, sus espiritualidades y sus prácticas culturales propias no son complemento decorativo de ninguna intervención: son el tejido sobre el que cualquier estrategia sostenible debe construirse.

La tercera es una evaluación distinta del éxito. Reducir homicidios es necesario pero insuficiente como único indicador. La transformación real ocurre cuando cambian las dinámicas de reconocimiento y poder entre los jóvenes, cuando la muerte deja de ser el rito de paso disponible y otros caminos producen el mismo peso social.

El Norte del Cauca, Guachené especialmente, merecen un análisis a la altura de su complejidad. Sus muertos merecen algo más que reuniones, anuncios y fusiles.


Otras publicaciones de Alfonso Luna Geller en Proclama del Pacífico:Alfonso J. Luna Geller

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