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sábado 24 agosto, 2013 a las 12:53 pm

LA MISMA HISTORIA

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Gloria Cepeda VargasGloria Cepeda Vargas 

El paro agrario que sacude a Colombia cumple hoy, viernes 23 de agosto, cinco días de tormentosa vida. Principales organizaciones campesinas, cebolleros, lecheros, transportistas, cafeteros, mineros artesanales, trabajadores de la salud y de la educación, estudiantes, algodoneros y arroceros con respaldo de las centrales sindicales y de las organizaciones populares, levantan la voz con el fin de que el gobierno sacuda su tradicional sordera ante las necesidades viscerales de Colombia y refrende con hechos lo que predica cada vez que necesita votos y presencia de los de abajo.

 Después de Haití, Colombia aparece como el segundo país con más alto coeficiente de inequidad económica y social en Latinoamérica y uno de los que ostentan la peor distribución de la riqueza en el mundo. Mientras el 10% de los colombianos más adinerados percibe entre el 40 y el 47% de los ingresos totales generados en la región, al 20% más pobre solo le toca entre el 2 y el 4% de los mismos. La corrupción instalada en las intocables esferas gubernamentales arrebata los recursos destinados al alivio de las condiciones de vida de la población más vulnerable. Somos un país con ínfulas de príncipe y maneras de matarife. No es casual que guerra y narcotráfico sean hoy tristes sinónimos del gentilicio colombiano como tampoco lo es que esta historia de bozal y rebenque, de alienación confesional y rumba politiquera, nos haya convertido en los amorfos habitantes de un país que ostenta una de las más virulentas conductas de irrespeto y violencia contra la mujer.

 Es cierto que en este paro que en su quinto día de existencia exhibe un total de 100 detenidos, decenas de heridos y bloqueos en treinta vías muchas de cobertura nacional, pululan infiltrados, guerrilleros y apátridas, pero es innegable que al margen de esta pesca en río revuelto, asoma un denominador común: el descontento de un pueblo al que solo se contabiliza cuando se usufructúa, el grito del latrocinio disfrazado o no que arrasa, desde el principio de nuestras alegrías y fracasos, con todo lo que se opone a su voracidad.

 Esto no es más que la crónica de una muerte anunciada. A pesar de saber lo que venía, el gobierno no tomó las medidas que le correspondía implementar como supuesto guardián de nuestra seguridad. ¿Guerrilleros, resentidos, agitadores de oficio? De acuerdo, pero por una vez intentemos cuestionarnos y mirar hacia el abismo que construyó desde antes de que nos llamáramos República de Colombia, esta balanza coja, este saldo siempre en rojo, esta historia casi mítica por ilógica, casi surreal por hipócrita.