La luna se ha puesto


La luna se ha puesto

John Steinbeck (EE. UU., 1902-1968)
La editorial Oveja Negra publicó en 1985, en su colección Obras Maestras del Siglo XX, la novela corta (175 pp.), La luna se ha puesto (1942). Tan pronto se empieza a leer se da uno cuenta que el título y la historia son representaciones simbólicas, es decir, una metáfora social. No hay un claro protagonismo que individualice a éste o aquél personaje, como tampoco hay un lugar específico en donde ocurre lo narrado. Como en las grandes novelas de corta extensión que el lector recuerda, aquí, en La luna se ha puesto, el ser humano aludido tiene un lugar cualquiera en el mundo, en una época cualquiera. Los problemas humanos no tienen términos.

Escrita en 1942, la novela ‘fue pensada’ para leerse hoy o mañana en Colombia. Porque Colombia siempre ha estado en guerra, y de eso trata la novela. Dicho en una frase: «Está inspirada en las luchas ideológicas y los conflictos armados de nuestro tiempo». Y como si la guerra fuera el estigma que nos identifica, la firma de unos acuerdos no es para consolidar la paz, sino para dar comienzo a nuevos conflictos y a discursos polarizados. El SÍ y el NO del plebiscito nos hizo pensar en “vencedores que se saben vencidos”, o viceversa.
Y como en los míticos tiempos bíblicos, pareciera que el Dios de Colombia fuese el Dios de los ejércitos: “Si pensaba en Dios, pensaba en Él como un viejo general cargado de honores, retirado y cano…” Y como el conflicto no cesa, “se juega a la guerra como los niños juegan a los trompos”, es nuestra cotidianidad. Y como en el juego, hasta tiempo hay para pensar que la guerra ya pasó, entonces “se hace difícil recordar cómo era aquello de matar o de ordenar que murieran”. ¿Se acuerdan del general que pedía litros y litros de sangre? Cuando tuvo que declarar, ya no se acordaba, “o contestaba vagamente”; la memoria está reservada para el soldado raso, “él era un soldado a quien le daban órdenes que tenía que cumplir, y que no esperaban de él que las analizara, ni que pensara, sino que las cumpliera…” Pensará el lector que estoy conduciendo forzadamente la novela hasta nuestra áspera realidad. No. Es la pura coincidencia profética de un escritor grande.
¿Y qué papel juega el pueblo en esas guerras que se arrogan el derecho de liberarlo? Sabe bien que ni el ejército legal ni los ilegales lo tienen como el beneficiario directo de una eventual victoria. Por eso, ora lo vemos echando a un ejército que lo toma de escudo, ora echa a otro que violenta su territorio y su precaria armonía; y lo hace solo con las armas del coraje, como se simboliza en la novela: “Echando agua hirviendo a los soldados había adquirido cierta reputación de paladín de la libertad”. Y ya lo vimos en el reciente paro nacional, que dejó advertir “en los ojos del pueblo una rabia profunda”, acrisolada en una dignidad ofendida. Se le llamó “estallido social”; en la novela se dice que, “en un hombre insignificante puede haber una chispita que estalle en una llamarada”. En fin, no hice otra cosa que dejar que hablara la novela. En el credo de que “la luna siempre vuelve a salir para los pueblos que resisten”.
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